Se me ha enseñado que por simple instinto de conservación, debe cuidarse uno de andar diciendo lo que piensa a todo pulmón, porque las ondas sonoras pueden llegar a oídos equivocados, desde la perspectiva de enemigo, en el caso colombiano, ese que si no está conmigo está contra mi. Sin embargo es difícil muchas veces ignorar lo evidente, más si por la frecuencia se vuelve un poco cotidiano y si esa cotidianidad revela el inmenso daño que provoca la rancia idea del progreso como único garante de autorealización y felicidad. Me enferma contemplar en el marquito legalizado de la televisión discursos de partidos en decadencia, promoviendo la conservación de los falsos valores tradicionales, negando la importancia de ese relevo generacional. No digo con esto que confío en la utopía, nuevas formas de esclavitud encontrará el hombre para delimitar su loca libertad, pero no por eso podemos negar la crisis que a revelan las estructuras.
El viaje a Segovia por primera vez representaba explorar toda una tradición distinta a la que ha acompañado a mi familia, proveniente por parte materna del oriente antioqueño, por ende, respetuosa de la herencia católica, pero al mismo tiempo convencida del empuje obrero. Las cosas son complejas en los pueblos de esta zona simplemente pertenecen al territorio nacional, un país mezquinamente administrado, pero finalmente se respeta la oficialidad que hace presencia por medio de la fuerza pública. Manejos oscuros existen en toda Antioquia y no es un secreto para nadie. Esa anodina lucha por la verdad y el poder es un problema general. Lo que me impactó de Segovia fue llegar en un fin de semana de puente con ley seca declarada a nivel nacional y encontrar en la zona centro del municipio, una esquina con todos sus establecimientos funcionando, la gente de fiesta y un grupito de tristes e indefensos policías parados en una esquina a la espera de los acontecimientos. De ahí en adelante, tomé aguardiente, escuché reggaeton, caminé las accidentadas calles, recorrí los rostros y concluí que nunca antes había visto algo así, que no podía creer que estos personajes de Segovia siendo tan moralmente paisas fueran al mismo tiempo tan excepcionales, tan raros.
Un fin de semana no fue suficiente, después de esa visita fueron otras cinco, en cada una de ellas he tenido la oportunidad de compartir momentos de celebración de cualquier naturaleza: día de la madre, año nuevo, semana santa, cumpleaños, fiestas patronales. A raíz del impacto de cada visita, decidí pasar una temporada más larga y asistir a las míticas fiestas de la Virgen del Carmen, El Oro y La Minería. Incluido allí el carnaval de la Gigantona, un desfogue colectivo donde abunda el Moresco en la cara, la Maizena en el pelo y una espuma piñatera enceguecedora. Estuve presente en las fiestas, tomé, canté, caminé, enloquecí, comí de sus platos, vi su televisión, escuché las historias, conocí sus niños, escuché los techos, padecí sus mosquitos, me tosté bajo su indolente sol, me confundí un poco en sus historia, temblé con sus temores, asumí sus mitos, extrañé sus brujos sin haberlos conocido jamás. Leo con los ojos del presente ese viaje que ya parece muy lejos en el pasado y lo revivo en los dibujos de esos días acalorados en el solar.
Después de días de complicaciones y afanes en Medellín logramos treparnos al bus. La llegada estaba llena de expectativas, yo llevaba conmigo la libreta ideal para el viaje. Tenía en mente una fecha de llegada y sin embargo traté de no pensar en el regreso. Los primero días transcurrieron como cualquier visita, pues, cualquier visita a Segovia. Ya en las noticias abundaban las historias y las personas en la calle comentaban. Numerosos asesinato han ocurrido, por lo de siempre y por lo mismo, controlar un pedacito de tierra donde se puede extraer el preciado metal significa enfrentarse a los poderes paramilitares que "bajo cuerda" se encargan de recolectar las vacunas o de neutralizar a todo aquel que se esté enriqueciendo sin dar explicaciones. El control de los terrenos parece escaparse de las manos a todos, incluso al propietario legítimo de la tierra, que sin ser minero o tener interés alguno en ello debe soportar las excavaciones en minas vecinas que por su extensión y profundidad desestabilizan el suelo perjudicando viviendas aledañas, donde el piso de sus solares se desmorona abriendo huecos y debilitando las estructuras de las casas. Eso fue otro aspecto que me sorprendió, que alimenta esa preocupación y ese dolorcito por Segovia, las excavaciones suceden en el casco urbano. El pueblo es tan exuberante y rico que cada lotecito, cada patio o solar es una potencial mina.
Por ser ya una conocida para varios en el barrio Briceño, mi visita no era extraña y ya las miradas de inspección habían terminado. La actitud de los conocidos de la zona es de confianza y amabilidad, eso si, se preguntan que estoy buscando en Segovia. "¿Usted si se amaña aquí?" y yo respondo: "Sí, a mi me gusta mucho venir, siempre que viajo a Segovia aprendo un montón". Y realmente aprendo de eso que nadie se ha molestado en enseñarme porque es muy vergonzoso para repetir. No es que la avaricia sea un secreto, lo condena la religión caduca, la alimentan las pretensiones "hollywoodenses" y la desprecian los neo-hippies. De todos saco una definición pertinente para sus consecuencias, pero aquí veo un cruel resultado de la avaricia, muy lejano al que se profesa en la distancia de las capitales con sus escritorios. El gran problema es que aquí y allá la gran mentira moderna ha envenenado los comportamientos y las intenciones, el mito aurífero y todos los valores imputados sobre él socavan con tanta fiereza nuestras tierras y los corazones, que alcanza a reunir fácilmente la fuerza para halar gatillos y especular sobre el valor de la vida de modo que esta sea inferior a un castellano. Pero ellos tampoco son mayoría y por eso aprendo mucho en Segovia, la otra parte, la que se resiste a la muerte, la que opta por otras búsquedas, se enriquece de espíritu, la que se sorprende con su propio territorio, cuida de sus coterraneos, en fin... está en otra sintonía, esa es la parte que más admiro de este municipio, la que más me ha enseñado.
Durante los primeros días de las vacaciones se hablaba con gran preocupación en las noticias del conflicto en el Cauca entre Indígenas y Fuerza Pública. Por otra parte se estaba tomando una decisión importante respecto a la titulación de tierras mineras en Antioquia. Una vez mas la herencia centralista había decidido mezquinamente sobre una cuestión que implica y afecta únicamente a los territorios mineros.
http://www.teleantioquia.com.co/es/videos/region/20120716/extraneza-gob-antioquia-por-resolucion-que-entrega-control-mineria-gobierno-nal/5277.shtml
Si bien las opiniones alrededor de esta noticia se dividen, lo que queda claro es que es un error y un anacronismo político. Tristemente, la situación de los títulos no era la mejor, ya que en la administración de Luis Alfredo Ramos, también la repartición había sido como en una piñata y quedaba en manos de Sergio Fajardo reformular una política minera realmente justa. Como se puede apreciar, son un montón de manos queriendo sacar, pero ninguna parece devolverle nada a Segovia, solo uno de los muchos territorios vulnerables en Colombia. En mi mente las sombra oscura que traerá el conflicto político de esa decisión, que se centrará en encontrar soluciones en unos papeles mientras la gente del pueblo, la que queda siempre a la espera de decisiones de oficina, sigue viendo la infructuosa guerra de poderes y enterrando sus familiares y amigos.
Esta injusta ley del progreso se escampa hipocritamente en fuerzas extraoficiales y repito, como el que no está con ellos está contra ellos, hasta la opinión mas insulsa e insignificante es motivo suficiente para dar de baja. Comprendo que en mi tierra hay que ser cuidadoso con las palabras, no hablar de más, ser político y observador, leer los signos de los contextos y actuar con cautela, porque en últimas es la vida la que está en juego, si se es un extraño, más aún. Por el teléfono mi papá cambia la voz cuando hablamos del tema, me explica sus puntos de vista, pero es supremamente severo al advertirme que no tengo que estar opinando por ahí en la calle: "mucho cuidado Verónica!". "Si, sí papá, yo no vengo a meterme en problemas". Y realmente no fui a eso, ni a decirle a los buenos que muy bien y a los malos que que mal. Yo fui a ver, pero ver se convirtió en dibujar, en experimentar y una voz me dice todos los días de la vida que hay que cosas que vale la pena contar, que si había sido tan trascendente una experiencia como ésta, mi opinión tiene que aparecer, y finalmente mi conclusión ha sido esa, desprecio enormemente los valores tradicionales y modernos, me enferma ese tóxico pensamiento de la acumulación, el prestigio y el progreso, porque está infectando las intenciones que por simple naturaleza se efectúan en beneficio colectivo, sin necesidad de ideologías rancias ni fundamentalismos recalcitrantes.
Llegando las fiestas empezaban los rumores. La gente estaba preocupada por los asesinatos tan frecuentes de los últimos días y anticipaban tal vez, una especie de atentado en la multitud, como si el fantasma de la masacre del 11 de noviembre del 88 todavía rondara las calles del pueblo. Que temor volver a vivir algo así. Que situación tan dolorosa e indignante, que la entidad encargada de velar por tu seguridad, sea la misma que asesine tus seres queridos. Decían que los vendedores que llegaban a Segovia se veían raros, que a unos les habían incautado granadas y armas de fuego, que unos habían sido asesinados. ¿Seguíamos en pie para asistir a las fiestas? ¡Por supuesto!, aunque algunas veces en las multitudes del parque sintiera la paranoia e imaginara el caos.
Creo que la cercanía con la muerte desinhibe en gran medida los impulsos humanos. En Segovia no solo se presenta como una cuestión del conflicto armado nacional, es el peligro inmanente que existe en la actividad minera, sobretodo en departamentos como Antioquia donde crece exponencialmente la minería ilegal y con tal de sacar una jugosa utilidad se sacrifica la seguridad del minero y del medio ambiente. Parece entonces que el segoviano dedicado a la minería reconoce lo fugaz de su existencia y por ello vive el día a día. Para mi siempre ha sido como una especie de anarquismo, un desconocimiento total de los valores oficiales, una forma mistica de concebir el mundo sin comprometerse demasiado, un derroche en la abundancia. Es una generalidad, por supuesto, tuve la oportunidad de conocer a quienes teniendo que trabajar en las minas, tienen otros propósitos y a diferencia de esta actitud, si conciben su futuro desde los planes del presente. Yo venía era a verlos a ellos, a los mineros de fiesta, con su casco y sus botas en los desfiles, repartiendo aguardiente, cantando carrileras, compartiendo con las mujeres. El protagonismo del minero en las fiestas se siente y también se reconoce en carreras como la de catangueros, donde la habilidad y la fuerza se hacen merecedoras de elogios, aplausos y premios.
La víspera del Carnaval de la Gigantona lo pasamos en el parque, hasta que el cansancio fue superior, yo me sentía por momentos como una idiota, con una sonrisa que buscaba entre las personas del parque. A mi lado unas chicas, algunos chicos adolescentes vestidos de chicas, con cabellos planchados y uñas largas. Hablaban y se reían, uno de ellos, de uñas muy largas y rosadas sin mirarme me pasó una copa de aguardiente, yo lo miré, dudé, recibí la copa, tomé y ofrecí un poco. Sentí un poco de vergüenza porque su oferta me pareció una respuesta amigable a mi escudriñamiento, pero después me inundó un sentimiento difícil de nombrar, su sonrisa me dieron muchas ganas de llorar cuando descubrí una niña desprotegida en sus ojos. Que pereza juzgar sentimientos contrarios como lastimeros, hace parte de los conflictos que cargo al interior, pero en este caso, lo recuerdo como un momento muy bonito, como si me hubiera visto en esa cara.
Después de una corta madrugada acostada y sin dormir, se llegó el anticipado Carnaval. En mi mente solo había relatos de la fiesta y dejé muy claro para mi persona, que no iba con ninguna expectativa, que por el contrario iba a absorber todos los sucesos del recorrido. Unos cuantos tarros de moresco y una cajita de maizena me sirvieron para gozar por casi tres horas con los segovianos, en el predominante rojo de las caras no se distinguían mas que muchas dentaduras a las carcajadas, eso si, sin escatimar en la repartición de maizena y moresco, pelas con camisetas mojadas, tarros y espuma. Era una situación realmente democrática, donde la Gigantona repartía palazos por igual. Algunos desfilaban con el aparato reproductor de un toro, que paseaban por las cabezas y los hombros de todos, también me visitó a mi. En el fragor de la celebración me seguía sorprendiendo las cosas que pasaban a mi alrededor, niños en hombros, policías que se atrevían a cruzar la multitud (y salían de ella totalmente rojos), una reina transgenerista, gente que llevaba casi 72 horas de fiesta, personas que se alegraban de ser segovianas y festejaban cariñosamente con sus amigos. Una limpieza extrema siguió ya en la casa y un momento de descanso. En la noche el desfile de carrozas en honor a la virgen revelaba una acercamiento diferente a la fe, parece que la gente se cansó de llorar y respetar a sus patrones y mártires muertos, prefieren celebrarlo vivo.
Mientras estuvimos en el Parque nos sentamos frente al monumento a los caídos en la masacre del 11 de noviembre del 1988:
"Nosotros nunca olvidaremos y mientras vivamos estaremos todos los días de nuestra existencia, exigiendo justicia, exigiendo que los culpables sean castigados y la memoria de nuestros familiares, amigos y compañeros sea elevada al pedestal en donde están los inmortales, los imprescindibles"
Rita Ivonne Tobón
Alcaldesa de Segovia
1988 - 1990
Una lista de nombre seguía este texto y otra especialmente para los menores de edad, víctimas de la masacre. Un frío se deposita en las tripas al leer esas letras, muchos nombres aparecen allí, mucha sangre de un solo golpe. La gente estaba en lo suyo, en la celebración, compartiendo con su familia, comprando los juguetes de las ferias. Tres hombres se acercaron al monumento, uno de ellos tocó un nombre de la lista de los menores: "Shirley, la niña" y en los ojos un brillo vidrioso. Después de un rato volvimos a la casa.
Pasadas las fiestas era el "retorno" a la normalidad, y aunque a los quince días seguían detonando voladores, la pregunta era si había tal cosa como la normalidad. Conseguimos un trabajo temporal, pintando la habitación de un niño, nuestra rutina entonces por esa última semana, era visitar diariamente la casa, almorzar con la familia y regresar al hogar con el cansancio a cuestas, en un calor inclemente como el de Segovia. Esos días los pasamos alrededor de historias del pueblo, de gobernantes que habían desfilado por las calles prometiendo absurdos, de como habían podido conseguir el techo para esta familia de dos jóvenes y dos niños, de como la inmediatez obliga a los jóvenes a trabajar en la mina, pero si su intención es superar esta instancia, hay que emigrar o escoger.
http://noticias.teleantioquia.com.co/es/news/region/20120725/282-mineros-segovia-estan-cese-actividades-denuncian-falta-pago/4698.shtml
No se puede mostrar ningún descontento porque el Estado no dará respuesta, si existe alguna será producto de la descarga de un arma. El mito de mártir colombiano, el que se atreve a denunciar, el que señala malos manejos, injusticias y que con total frialdad es asesinado por inoportuno y "camorrero".
http://www.prensarural.org/spip/spip.php?article8749
En vista del inicio de clases recogimos nuestras pertenencias, nos despedimos del pueblo con unas cervezas, en el bar donde se escuchaban algunas canciones de rock de cuando en cuando, cantamos con los presentes, nos enloquecimos y llegamos al parque. En la confusión llegaron las prostitutas, nos saludaron con confianza, hombres borrachos de "entre-semana" hacían planes. En mi alicorado estado me acerqué al monumento y le di la vuelta. Un texto relataba como las fuerzas militares permitieron que la masacre se produjera sin mostrar la más mínima intención de defensa a la población civil y como el silencio que siguió los hechos afirmó su aprobación y apoyo al acto más atroz perpretado sobre el municipio. La institución llamada a la gloria patria traicionando su gente, su supuesta razón de ser. A hoy, el crimen sigue siendo un mito de la parapolítica, y enredado en papel se llaman a juicio para resolver 22 años después los horrores del pasado.
http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-326886-exalcaldesa-de-segovia-declarara-proceso-contra-cesar-perez-garc
Sentí una enorme vergüenza. Los hechos de esos días la confirmaban. En las noticias salía el militar humillado por los indígenas del sur del Cauca, llorando unas lágrimas raras, que no juzgo pero cuestiono. Me pregunto la validez de todo este conflicto, su legitimidad, el fundamento aurífero, vale más la vida o el castellano, o la ideología o el poder. Este gobierno Santista se diferencia del Uribista por su mediocridad. Álvaro Uribe ha sido efectivamente vendido, tirano y guerrerista. Santos ha sido el peor de los negociantes, con una pretensión reformista como si fuera la reencarnación de Lleras, pobre en su ideológica verborrea ¿, mercachifle, mal orador, falso profeta y sobretodo! Incomprensible en sus acciones y sus disculpas posteriores. Todo este circo gubernamental se traduce en programaciones vacías de los canales nacionales y regionales, que ofenden la inteligencia de todos, pero que se sirven calientes a la hora de las comidas para reunir a la familia y acompañarla alrededor de la mesa. Juzgar el medio es desconocer también el momento por el que pasa la humanidad, el gran problema de nuestros medios es que legitiman la gran mentira moderna y siguen respaldando ideales y valores que van en detrimento de la vida, el cuerpo y el entorno.
Durante todos estos días supe lo que era la hospitalidad paisa, fui tratada con respeto y con amor, fui bienvenida en las casas, y tuve la oportunidad de conocer esa población atrapada en el absurdo de la política colombiana. Mientras se perpetúa la violencia, me pregunto si es tal vez cuestion de aceptar que hay personas que simplemente valoran así las cosas, que están dispuestas a dar su vida (y quitar la de otros) por un metal y sus mitos. Yo lo reconozco, y sin embargo, me resisto a creer que ese sea el propósito de un territorio tan especial, tan particular, tan accidentado, tan rico en todos los aspectos ambientales y humanos. Me pregunto si todas las personas que se atrevan a exigir que se reconozca a Segovia por encima de su capacidad económica y productiva podrán disfrutar de algún día de cambio o si esta lucha seguirá siempre cobrando sus vidas. ¿Y como ver esto como un simple problema a la distancia?, si somos todos jueces y parte del problema colombiano, una historia continuada de desastres gubernamentales. ¿Será que es hora de deshacernos del ideal político para contemplar unas formas de consumo que respeten al ser humano y el medio ambiente?
Mientras el carro se aleja del pueblo, observamos en medio de la oscuridad de la madrugada, impermeables amarillos y pantalones reflectivos que caminan bajo la lluvia. Un sinsabor me queda. Estuve por un período largo y corto. Corto para tantos sucesos y cosas por saber y entender. Al final me quedó una libreta llena de historias y la terrible impotencia del que se ve en la distancia preocupado por lo irreconciliable. Que puedo hacer más que contar el cuento, reír con las anécdotas y rascarme la ronchas de los recuerdos.
Muchas gracias a Segovia por recibirme siempre como me gusta, con muchas sonrisas.
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