martes, 4 de septiembre de 2012

Trabajo de Grado. Proceso/Recorridos


Calle 10 El Poblado

Todo el registro fue hecho por Felipe Martínez (somos equipo)

Trabajo de Grado - Proceso/Recorridos


Esquina Villa de la Aburrá


Estación Metroplus Los Alpes






Calle 30 


Avenida Bolivariana con 76

Laureles


Bulerías



Todo el registro fue hecho por Felipe Martínez (somos equipo)

Procesos en Casa

Foto: Felipe Martínez


Bitácora de mi Trabajo de Grado

Pienso muchas cosas al mismo tiempo y que mejor que un lápiz y un papel para dejar constancia de la producción mental... Con la culminación de Taller llega el desafío de la conclusión, mi recorrido académico ha estado acompañado siempre por una bitácora que cuenta las historias que muchas veces el producto final no devela en su materialidad.
Este es mi apoyo productivo, aquí el comienzo de estas nuevas páginas.












lunes, 3 de septiembre de 2012

Mis vecinos

Mi década de los veinte años ha estado marcada por la gran pregunta sobre el Otro. La he desglosado desde mi experiencia y he desplazado la pregunta a todas mis relaciones. Filiales, formales, institucionales, de pareja, fraternas, todas ellas me han confrontado por su cercanía y los niveles de intimidad que se alcanzan con cada persona. El Otro mas lejano es también para mi, motivo de pregunta.

En un país como el nuestro, la "otredad" puede ser el mayor de los retos, en el sentido de la búsqueda de la convivencia; sin embargo, la imposibilidad de tolerar el "infierno" que puede ser el otro, compromete mucho más que la simple práctica de la inclusión como mecanismo constructor de sociedades más justas. Si bien no puedo yo dar respuesta a semejante preocupación, si tengo claro que es motivo de reflexión diaria.

He aprendido a disfrutar el trabajo académico porque a partir de él he podido valerme de la hermenéutica para desenvolver difíciles angustias en torno a mi persona en relación con el entorno y en un marco muy específico, con la ciudad. Los últimos tres años he vivido en la casa de mis padres, un apartamento en calasanz, una finca en Marinilla, un apartamento en la 70 y en Bulería. Lejos del abrigo de mis progenitores, he tenido que vérmelas con gente de todo tipo, las relaciones derivadas del espacio se convirtieron en mi interés porque en ellas está dispuesto el carácter oficial y privado, la mediación de conflictos y la asignación de espacios en relación el mérito.

Esta última vivienda, la que habito hoy día tiene una serie de características que he venido recogiendo en la memoria y con la fotografía. Fue entonces otro pretexto, el requerimiento de un ensayo académico, para reunir todos esos recuerdos e hilarlos alrededor de lo que significa lo abyecto en nuestros días.

He aquí el texto.



La zona de Bulerías es un recorrido de locales de comidas rápidas en el límite entre Belén y Laureles. La división la dibuja la Calle 33 y sobre ella se levanta la Avenida Bolivariana dejando unos espacios de resguardo bajo el puente que junto con la glorieta, constituyen una zona de la ciudad conocida por proveer servicios las 24 horas del día.

En muchos intentos por dinamizar este obligatorio espacio público, la alcaldía adoquinó los pisos, dispuso bloques de cemento como bancas y con mucha dificultad ha tratado de sembrar algunas plantas en las envenenadas jardineras que algún ingenuo paisajista diseño en su plano. Este “espacio de nadie” tiene unos habitantes imposibles de desplazar y sin embargo fluyen más que cualquiera de los ocasionales vecinos.


El lado sur del puente de la Bolivariana está justo frente mi ventana, es amplio, medianamente oscuro y al parecer el basurero preferido de toda esta zona, allí llegan todo tipo de desechos, de todos los tamaños y podría decir que por su naturaleza, es lo que llamarían “basura de rico”. Por su gran diversidad, atrae una multitud fluctuante de recicladores, algunos de ellos con uniforme, unos locos y otros cuerdos, drogadictos, simples mendigos, habitantes de la calle que necesitan un piso y un techo por una noche, una mañana, una tarde, unos días.

La escena es difícil de asimilar si se es un transeúnte ocasional, por esa razón fue una preocupación a la hora de elegir éste apartamento como mi vivienda. Si abro las persianas, cualquier saludo de buenos días será unos cuerpos comprimidos, envueltos en algunos sucios trapos, al lado de una montañita de basura revolcada varias veces, visitada por otra parte importante del vecindario, una gran familia de ratas, de las que se distingue el mestizaje pues tienen pelaje oscuro, otras blanco y algunas combinado. Las ratas duermen en el día y en la noche se pasean entre los huéspedes hurgando los vestigios de su improvisada cena, cocinada en un fogón de tres piedras, encendido con bolsas plásticas.

Cuando llegué al edificio El Caminito, situado sobre toda la Av. Bolivariana, los vecinos fueron muy claros al manifestar que si bien era un espacio del barrio muy desagradable, podía estar tranquila pues "estos indigentes no se meten con nadie, es más, son supremamente respetuosos de los habitantes del barrio", es decir, hay unos límites tácitos, nunca concertados, que definen la relación ocasional entre los civiles de la zona. Por supuesto, la existencia de este puente, que cobija esta situación, es la redención de la población senil pues su piadosa cristiandad les permite compartir con ellos algunas frases divinas, darles un bocado de vez en cuando y regalarles algún abrigo. Aún cuando llevo un año completo viviendo en este apartamento y ya es parte de mi vida cotidiana contemplarlos a ellos, a la basura que se arruma diariamente y la extensa familia de ratas, a veces es chocante verlos dormir en el piso sucio, acompañados por roedores, o comiendo de una olla que es también patrimonio común, pues el concreto hace una especie de cajón entre la estructura del puente y la pared que lo sostiene, donde mantienen algunas frazadas, utensilios y cartones que comparten sin ningún problema.

Puedo decir que el choque que provoca en mi esta escena urbana tiene su raíz en una educación rigurosamente higienista que he recibido por parte de toda mi familia, materna y paterna, donde la premisa ha sido siempre: “Pobreza con mugre es miseria”. Las mujeres de mi familia están obsesionadas con el orden y la limpieza, podría decir que en el caso de muchas, tener una propiedad representa una consagración a la escoba, porque no es posible que el espacio que uno habite se comparta con el desorden y la mugre. Cuando vine a vivir sola mi padre fue muy enfático, una de las condiciones era conservar el apartamento en orden y limpio, premisa obligatoria pues vivir en un primer piso con la miseria como vecino principal me obliga a celebrar un ritual de limpieza que mantenga las cucarachas fuera de mi propiedad pues ya han tratado de atacar en varias ocasiones.
      
Mientras yo limpio con la responsabilidad de quien ya es una persona adulta, en capacidad de proveerse un entorno sano; abro la persiana para dejar que circule el aire por mi pequeño recinto. Al frente unos cuantos carros de reciclaje, todos ellos con la basura perfectamente organizada, cajas de huevos en una pila, los cartones amarrados, las botellas reunidas por una cuerda, algunos juguetes. A la sombra del puente descansan, escogen sus tesoros, se ríen, hablan, duermen. Yo sigo limpiando mis cosas, me sorprende la cantidad de polvo que entra por la ventana, un tizne negro, a veces una pelusa densísima, que se acumula sobre todas las superficies en corto tiempo, toso y me siento un poco enferma, me imagino un tapiz de inmundicia en mis pulmones, vuelvo a mirar al frente, alguno de ellos enciende un cigarrillo o un bazuco.

Con el paso del tiempo he aprendido a reconocer algunos de los personajes que visitan la zona en busca de refugio, comida o basura. Los mendigos o indigentes son ancianos algunos, hombres mayores, o podrían incluso ser jóvenes, pero sus rostros barbados y recorridos, sus ojos perdidos y somnolientos los muestran como viejos. Hago énfasis en el hecho de que sean “ellos”, los huéspedes regulares solo son hombres, ninguna mujer pasa la noche allí en esas condiciones, solo distingo una mujer entre los visitantes frecuentes y si ha de dormir, lo hace sobre el puente. Existe otra figura femenina en este espacio, pero por su característica matronal es motivo de respeto. Una señora que se dedica al reciclaje y viene acompañada de un adolescente y otro señor a escoger su material. Es delicioso ver la cantidad de cosas que reúnen, los colores y los recuerdos que clasifican allí. Los recicladores pasan la noche del domingo y en la mañana de los lunes salen a recorrer los barrios de Belén y Laureles.

En noches muy solas me acompañaron sus conversaciones en la distancia y en lo amenazante de su presencia en la oscuridad, me sentí protegida por ellos. Una noche pasé bajo el puente acompañada de Felipe, que llevaba puesto un suéter de la selección Antioquia de baloncesto, un  muchacho se enamoró del suéter y se lo pidió regalado, el lo dudó por un momento mientras entrábamos a la casa, decidió dárselo con la condición que lo cuidara, las dos carretas se parquearon bajo la ventana a regalarnos en retorno sus mejores deseos y todas las bendiciones posibles, eso sí, que le diéramos otro saquito al parcero, que también tenía frio. Me quedo con la sensación de viejito redentor. Ese mismo día decidí sacar mi basura vergonzosa a esa esquina, dos tubos grandes de cartón industrial y un pedazo de lona de pendón, que me imaginé, podría ser de gran valor para un habitante de la calle. Desde la ventana puedo ver los tubos y la lona, nadie se la lleva, me juzgo por eso, como si me hubiese creído el cuento de la caridad con los desechos, sin embargo, este diario encuentro con el desperdicio me ha obligado a cuestionar mi basura y mi actitud frente a ella. Por supuesto ahora reciclo con mucho cuidado y de alguna manera trato de proteger a quien va a hurgarla. Ese es el quiebre para mí, porque es como una de esas prácticas corporativas que bajo la delgada sábana de la “responsabilidad social” asumen mediocremente algunas actitudes defensoras del planeta, pero a la hora de la verdad, se sigue perpetuando ese modelo económico rancio y obsoleto. Por mi parte, en mi impotencia, no me queda más que hacerme responsable de mi basura y con mis afectos lejanos, hacer una que otra cosa a favor de esos vecinos que me acompañan.

Me pregunto muchas veces de que hablarán en las noches, mientras se sientan en ronda, a fumar, a cocinar. Pocas veces se han enfrentado entre ellos, y cuando pasa no deja de ser un alegato, alguna de las partes se retira y todo vuelve a normalidad, es en general un espacio armonioso, donde se protegen entre ellos si es preciso. Una noche hubo una discusión muy fuerte entre dos jóvenes y uno de ellos le mostró la lata al otro, la señora que los acompañaba se asustó mucho y se puso a llorar, en ese momento se disolvió la pelea y el muchacho se fue. No pasó nada. Hace poco un señor estaba muy alicorado, sentado sobre la basura, diciendo algunos improperios. Su compañero de tragos le decía que se calmara, el señor se agitaba más, caminaba entre los carros, se acostaba en el pavimento, pasaron 6 horas y su amigo a la tercera ya se había ido. El señor tomó su costal y se fue. Algunos de los indigentes conocidos no han vuelto, me pregunto si murieron o encontraron una mejor “caleta”. Igual esta esquina siempre estará habitada, sucia y desordenada.

Este hospitalario lugar es visitado regularmente por Espacio Público, a veces solo toman unas fotos, otras veces vienen con un camión a llevarse a los durmientes. Regularmente la administración municipal trae un chorro a presión y lava el curtido adoquín que recupera un inesperado color rojo, el mismo que se cubrirá de hollín en cuestión de días. Todas las mañanas pasa el camión de Empresas Varias a recoger la basura que se acumula en la esquina, después de la rabia que me produce su bullosa aparición a las 6 a.m. me debato un poco entre la compasión y la admiración, tres muchachos recogen el estallido de desperdicios e inmundicia que dejó la noche. Recicladores y ratas dejan un tapete de basura que solo se puede recoger con una pala de cartón que improvisan los recolectores. Cuando hablé de variedad en la basura, es real. En esa esquina han dejado inodoros, puertas, camas, muebles, de hecho, la pelea por el mueble entre los recolectores y los mendigos deja siempre a un pobre hombre con el corazón partido, viendo su cómodo sofá ser triturado por el camión mientras les grita “¡Hijueputas!”. Todos estos intentos por mantener algún tipo de limpieza es una guerra infértil, el vecindario lo ha dispuesto como su propio basurero y se ha acostumbrado a sus dinámicas, es más, se ha encariñado con el ser que los habita, pues no soy solo yo la que separa una porción del almuerzo para compartirlo con el señor de barba canosa y sombrero de paja que duerme sobre el andén y cambia su ropa todos los días con un agudo sentido de la moda.

Son tan particulares los límites entre “ellos” y “nosotros”, que cuando se han visto diluidos por alguna situación, ambas partes quedan estupefactas y un poco contrariadas. Un vecino del edificio en el que vivo se mostró siempre muy amigable, cordial y comedido. Los criollos chismes de propiedad horizontal clase media decían que el muchacho vivía con su madre, que era rehabilitado y tenía un comportamiento irregular y conflictivo con su progenitora. La señora llamaba a la policía cuando tenía problemas con su hijo. Una noche de fiesta llegamos Felipe y yo al edificio, dos agentes salían y los siguió el muchacho pálido. El grito algunos insultos a su mamá desde la calle, cruzó la Avenida y se sentó con los mendigos, uno de ellos acostado sobre un colchón lo invitó a que lo acompañara en el cómodo espacio. Los acompañaba otro sentado en un sofá desechado y la escena parecía una tarde de té en casa de amigos. Los durmientes le ofrecieron bazuco al muchacho que en su estado lo recibió todo, fumó y fumó y tosió y tosió. Yo desde mi ventana no daba crédito a lo que veía. Un habitante de este lado de la calle compartiendo a ese nivel de intimidad ese espacio tan familiar y tan lejano al mismo tiempo. Yo he ido a pintarlo, a rayarlo, mirarlo, pero su carga no me permite quedarme mucho rato. El chico pasó la noche. Al otro día su rostro confundido volvió a la casa, a los tres días la familia se mudó definitivamente.

Foto: Felipe Martínez
En diciembre de 2011 el desbordamiento de la quebrada La Picacha arrastró una fuerte corriente de agua hasta el rio Medellín, la zona de Belén se vio afectada por la inundación de las canalizaciones que descargaron basura y pantano a su paso. Desde la ventana veíamos con horror como se inundaban garajes  y sótanos, yo temía por mi apartamento. Las intensas lluvias de aquel año arreciaron en época de navidad y en plenas celebraciones el barrio era un pantanero terrible, los vecinos armados de baldes trataban de sacar todo el sedimento de sus parqueaderos, el lodo nos cubrió varias semanas, en las que nos confundíamos con cualquier otro habitante de la calle. Nuestra condición de damnificados nos acercó de un pliegue a esos semejantes que viven cubiertos de otro tipo de lodo. Los mendigos no soportaron el polvero de esos días ni el paso de diario de la maquinaria pesada, encargada de reparar la inundación del deprimido de la 33 y recoger la gruesa capa de pantano de las calles, se ausentaron casi hasta enero.

Ha sido motivo de todo tipo de observación e investigación, este lugar me confronta, me obliga a retratarlo, a estudiarlo, a usarlo. Las preguntas sobre él, si no me da asco de ese panorama, si no le tengo miedo a los gamines, si no grito cuando veo las ratas, si no me fastidia la vida. Nunca lo vi como un problema para mi vivienda, yo agradezco un techo que me permita en mis días de estudiante resguardarme y trabajar en mis cosas. No me enfrenta lo abyecto de la basura, lo inmundo de su apariencia y olores, me cuestiona la condición humana, la productora de este desperdicio del que se avergüenza y la misma que se beneficia de él cuando decide que es la calle su mejor resguardo. Ni siquiera las ratas me atemorizan, creo que sienten ellas más miedo del búho blanco que se posa sobre la palma del frente y que las acecha en las noches hasta que logra cazar alguna. Yo desde mi jaulita los miro, me rio con ellos, los escudriño con la cámara, los dibujo, me levanto a las 4 a.m. a estudiar y a ver el desfile de carrozas de cada mañana, carritos de madera llenos de tesoros, adornados, ansioso por recorrer calles y buscar cosas.  

Sobre el filo. Ejercicio de Stencil







Falange2
Categoría Stencil















La segunda versión del Falange Graffiti incluyó en sus categorías el stencil. Por ser un ejercicio complejo, los organizadores dieron 48 horas para cortar un stencil de 100 x 70 cms bajo el concepto "Sobre el Filo".
Como siempre, no pude evitar buscar los puntos de la experiencia en los cuales me identificara con un concepto de este tipo. En mi caso ese filo simbólico es la sensación del día a día, el debate entre ser o querer ser o deber ser... Sueño unas cosas, me preocupo por otras, me animo y me desmotivo, camino siempre un pedacito de linea muy delgado y pienso demasiado.
Con el tiempo he aprendido a diluir la culpa en mis sorbos de alegría, disfruto mi tendencia al abismo pero trato de no caer en él muy seguido.
Resultado de la competencia: ganó mi compañero Brian Salve. El mismo que tuvo el detalle de regalarme este registro y dos latas.

Segovia y las fiestas

Se me ha enseñado que por simple instinto de conservación, debe cuidarse uno de andar diciendo lo que piensa a todo pulmón, porque las ondas sonoras pueden llegar a oídos equivocados, desde la perspectiva de enemigo, en el caso colombiano, ese que si no está conmigo está contra mi. Sin embargo es difícil muchas veces ignorar lo evidente, más si por la frecuencia se vuelve un poco cotidiano y si esa cotidianidad revela el inmenso daño que provoca la rancia idea del progreso como único garante de autorealización y felicidad. Me enferma contemplar en el marquito legalizado de la televisión discursos de partidos en decadencia, promoviendo la conservación de los falsos valores tradicionales, negando la importancia de ese relevo generacional. No digo con esto que confío en la utopía, nuevas formas de esclavitud encontrará el hombre para delimitar su loca libertad, pero no por eso podemos negar la crisis que a revelan las estructuras.

El viaje a Segovia por primera vez representaba explorar toda una tradición distinta a la que ha acompañado a mi familia, proveniente por parte materna del oriente antioqueño, por ende, respetuosa de la herencia católica, pero al mismo tiempo convencida del empuje obrero. Las cosas son complejas en los pueblos de esta zona simplemente pertenecen al territorio nacional, un país mezquinamente administrado, pero finalmente se respeta la oficialidad que hace presencia por medio de la fuerza pública. Manejos oscuros existen en toda Antioquia y no es un secreto para nadie. Esa anodina lucha por la verdad y el poder es un problema general. Lo que me impactó de Segovia fue llegar en un fin de semana de puente con ley seca declarada a nivel nacional y encontrar en la zona centro del municipio, una esquina con todos sus establecimientos funcionando, la gente de fiesta y un grupito de tristes e indefensos policías parados en una esquina a la espera de los acontecimientos. De ahí en adelante, tomé aguardiente, escuché reggaeton, caminé  las accidentadas calles, recorrí los rostros y concluí que nunca antes había visto algo así, que no podía creer que estos personajes de Segovia siendo tan moralmente paisas fueran al mismo tiempo tan excepcionales, tan raros.

Un fin de semana no fue suficiente, después de esa visita fueron otras cinco, en cada una de ellas he tenido la oportunidad de compartir momentos de celebración de cualquier naturaleza: día de la madre, año nuevo, semana santa, cumpleaños, fiestas patronales. A raíz del impacto de cada visita, decidí pasar una temporada más larga y asistir a las míticas fiestas de la Virgen del Carmen, El Oro y La Minería. Incluido allí el carnaval de la Gigantona, un desfogue colectivo donde abunda el Moresco en la cara, la Maizena en el pelo y una espuma piñatera enceguecedora. Estuve presente en las fiestas, tomé, canté, caminé, enloquecí, comí de sus platos, vi su televisión, escuché las historias, conocí sus niños, escuché los techos, padecí sus mosquitos, me tosté bajo su indolente sol, me confundí un poco en sus historia, temblé con sus temores, asumí sus mitos, extrañé sus brujos sin haberlos conocido jamás. Leo con los ojos del presente ese viaje que ya parece muy lejos en el pasado y lo revivo en los dibujos de esos días acalorados en el solar.



Después de días de complicaciones y afanes en Medellín logramos treparnos al bus. La llegada estaba llena de expectativas, yo llevaba conmigo la libreta ideal para el viaje. Tenía en mente una fecha de llegada y sin embargo traté de no pensar en el regreso. Los primero días transcurrieron como cualquier visita, pues, cualquier visita a Segovia. Ya en las noticias abundaban las historias y las personas en la calle comentaban. Numerosos asesinato han ocurrido, por lo de siempre y por lo mismo, controlar un pedacito de tierra donde se puede extraer el preciado metal significa enfrentarse a los poderes paramilitares que "bajo cuerda" se encargan de recolectar las vacunas o de neutralizar a todo aquel que se esté enriqueciendo sin dar explicaciones. El control de los terrenos parece escaparse de las manos a todos, incluso al propietario legítimo de la tierra, que sin ser minero o tener interés alguno en ello debe soportar las excavaciones en minas vecinas que por su  extensión y profundidad  desestabilizan el suelo perjudicando viviendas aledañas, donde el piso de sus solares se desmorona abriendo huecos y debilitando las estructuras de las casas. Eso fue otro aspecto que me sorprendió,  que alimenta esa preocupación y ese dolorcito por Segovia, las excavaciones suceden en el casco urbano. El pueblo es tan exuberante y rico que cada lotecito, cada patio o solar es una potencial mina.



Por ser ya una conocida para varios en el barrio Briceño, mi visita no era extraña y ya las miradas de inspección habían terminado. La actitud de los conocidos de la zona es de confianza y amabilidad, eso si, se preguntan que estoy buscando en Segovia. "¿Usted si se amaña aquí?" y yo respondo: "Sí, a mi me gusta mucho venir, siempre que viajo a Segovia aprendo un montón". Y realmente aprendo de eso que nadie se ha molestado en enseñarme porque es muy vergonzoso para repetir. No es que la avaricia sea un secreto, lo condena la religión caduca, la alimentan las pretensiones "hollywoodenses" y la desprecian los neo-hippies. De todos saco una definición pertinente para sus consecuencias, pero aquí veo un cruel resultado de la avaricia, muy lejano al que se profesa en la distancia de las capitales con sus escritorios. El gran problema es que aquí y allá la gran mentira moderna ha envenenado los comportamientos y las intenciones, el mito aurífero y todos los valores imputados sobre él socavan con tanta fiereza nuestras tierras y los corazones, que alcanza a reunir fácilmente la fuerza para halar gatillos y especular sobre el valor de la vida de modo que esta sea inferior a un castellano. Pero ellos tampoco son mayoría y por eso aprendo mucho en Segovia, la otra parte, la que se resiste a la muerte, la que opta por otras búsquedas, se enriquece de espíritu, la que se sorprende con su propio territorio, cuida de sus coterraneos, en fin... está en otra sintonía, esa es la parte que más admiro de este municipio, la que más me ha enseñado.

Durante los primeros días de las vacaciones se hablaba con gran preocupación en las noticias del conflicto en el Cauca entre Indígenas y Fuerza Pública. Por otra parte se estaba tomando una decisión importante respecto a la titulación de tierras mineras en Antioquia. Una vez mas la herencia centralista había decidido mezquinamente sobre una cuestión que implica y afecta únicamente a los territorios mineros.

http://www.teleantioquia.com.co/es/videos/region/20120716/extraneza-gob-antioquia-por-resolucion-que-entrega-control-mineria-gobierno-nal/5277.shtml

Si bien las opiniones alrededor de esta noticia se dividen, lo que queda claro es que es un error y un anacronismo político. Tristemente, la situación de los títulos no era la mejor, ya que en la administración de Luis Alfredo Ramos, también la repartición había sido como en una piñata y quedaba en manos de Sergio Fajardo reformular una política minera realmente justa. Como se puede apreciar, son un montón de manos queriendo sacar, pero ninguna parece devolverle nada a Segovia, solo uno de los muchos territorios vulnerables en Colombia. En mi mente las sombra oscura que traerá el conflicto político de esa decisión, que se centrará en encontrar soluciones en unos papeles mientras la gente del pueblo, la que queda siempre a la espera de decisiones de oficina, sigue viendo la infructuosa guerra de poderes y enterrando sus familiares y amigos.

Esta injusta ley del progreso se escampa hipocritamente en fuerzas extraoficiales y repito, como el que no está con ellos está contra ellos, hasta la opinión mas insulsa e insignificante es motivo suficiente para dar de baja. Comprendo que en mi tierra hay que ser cuidadoso con las palabras, no hablar de más, ser político y observador, leer los signos de los contextos y actuar con cautela, porque en últimas es la vida la que está en juego, si se es un extraño, más aún. Por el teléfono mi papá cambia la voz cuando hablamos del tema, me explica sus puntos de vista, pero es supremamente severo al advertirme que no tengo que estar opinando por ahí en la calle: "mucho cuidado Verónica!". "Si, sí papá, yo no vengo a meterme en problemas". Y realmente no fui a eso, ni a decirle a los buenos que muy bien y a los malos que que mal. Yo fui a ver, pero ver se convirtió en dibujar, en experimentar y una voz me dice todos los días de la vida que hay que cosas que vale la pena contar, que si había sido tan trascendente una experiencia como ésta, mi opinión tiene que aparecer, y finalmente mi conclusión ha sido esa, desprecio enormemente los valores tradicionales y modernos, me enferma ese tóxico pensamiento de la acumulación, el prestigio y el progreso, porque está infectando las intenciones que por simple naturaleza se efectúan en beneficio colectivo, sin necesidad de ideologías rancias ni fundamentalismos recalcitrantes.

Llegando las fiestas empezaban los rumores. La gente estaba preocupada por los asesinatos tan frecuentes de los últimos días y anticipaban tal vez, una especie de atentado en la multitud, como si el fantasma de la masacre del 11 de noviembre del 88 todavía rondara las calles del pueblo. Que temor volver a vivir algo así. Que situación tan dolorosa e indignante, que la entidad encargada de velar por tu seguridad, sea la misma que asesine tus seres queridos. Decían que los vendedores que llegaban a Segovia se veían raros, que a unos les habían incautado granadas y armas de fuego, que unos habían sido asesinados. ¿Seguíamos en pie para asistir a las fiestas? ¡Por supuesto!, aunque algunas veces en las multitudes del parque sintiera la paranoia e imaginara el caos.



Creo que la cercanía con la muerte desinhibe en gran medida los impulsos humanos. En Segovia no solo se presenta como una cuestión del conflicto armado nacional, es el peligro inmanente que existe en la actividad minera, sobretodo en departamentos como Antioquia donde crece exponencialmente la minería ilegal y con tal de sacar una jugosa utilidad se sacrifica la seguridad del minero y del medio ambiente. Parece entonces que el segoviano dedicado a la minería reconoce lo fugaz de su existencia y por ello vive el día a día. Para mi siempre ha sido como una especie de anarquismo, un desconocimiento total de los valores oficiales, una forma mistica de concebir el mundo sin comprometerse demasiado, un derroche en la abundancia. Es una generalidad, por supuesto, tuve la oportunidad de conocer a quienes teniendo que trabajar en las minas, tienen otros propósitos y a diferencia de esta actitud, si conciben su futuro desde los planes del presente. Yo venía era a verlos a ellos, a los mineros de fiesta, con su casco y sus botas en los desfiles, repartiendo aguardiente, cantando carrileras, compartiendo con las mujeres. El protagonismo del minero en las fiestas se siente y también se reconoce en carreras como la de catangueros, donde la habilidad y la fuerza se hacen merecedoras de elogios, aplausos y premios.

La víspera del Carnaval de la Gigantona lo pasamos en el parque, hasta que el cansancio fue superior, yo me sentía por momentos como una idiota, con una sonrisa que buscaba entre las personas del parque. A mi lado unas chicas, algunos chicos adolescentes vestidos de chicas, con cabellos planchados y uñas largas. Hablaban y se reían, uno de ellos, de uñas muy largas y rosadas sin mirarme me pasó una copa de aguardiente, yo lo miré, dudé, recibí la copa, tomé y ofrecí un poco. Sentí un poco de vergüenza porque su oferta me pareció una respuesta amigable a mi escudriñamiento, pero después me inundó un sentimiento difícil de nombrar, su sonrisa me dieron muchas ganas de llorar cuando descubrí una niña desprotegida en sus ojos. Que pereza juzgar sentimientos contrarios como lastimeros, hace parte de los conflictos que cargo al interior, pero en este caso, lo recuerdo como un momento muy bonito, como si me hubiera visto en esa cara.

Después de una corta madrugada acostada y sin dormir, se llegó el anticipado Carnaval. En mi mente solo había relatos de la fiesta y dejé muy claro para mi persona, que no iba con ninguna expectativa, que por el contrario iba a absorber todos los sucesos del recorrido. Unos cuantos tarros de moresco y una cajita de maizena me sirvieron para gozar por casi tres horas con los segovianos, en el predominante rojo de las caras no se distinguían mas que muchas dentaduras a las carcajadas, eso si, sin escatimar en la repartición de maizena y moresco, pelas con camisetas mojadas, tarros y espuma. Era una situación realmente democrática, donde la Gigantona repartía palazos por igual. Algunos desfilaban con el aparato reproductor de un toro, que paseaban por las cabezas y los hombros de todos, también me visitó a mi. En el fragor de la celebración me seguía sorprendiendo las cosas que pasaban a mi alrededor, niños en hombros, policías que se atrevían a cruzar la multitud (y salían de ella totalmente rojos), una reina transgenerista, gente que llevaba casi 72 horas de fiesta, personas que se alegraban de ser segovianas y festejaban cariñosamente con sus amigos. Una limpieza extrema siguió ya en la casa y un momento de descanso. En la noche el desfile de carrozas en honor a la virgen revelaba una acercamiento diferente a la fe, parece que la gente se cansó de llorar y respetar a sus patrones y mártires muertos, prefieren celebrarlo vivo.

Mientras estuvimos en el Parque nos sentamos frente al monumento a los caídos en la masacre del 11 de noviembre del 1988:

"Nosotros nunca olvidaremos y mientras vivamos estaremos todos los días de nuestra existencia, exigiendo justicia, exigiendo que los culpables sean castigados y la memoria de nuestros familiares, amigos y compañeros sea elevada al pedestal en donde están los inmortales, los imprescindibles"
Rita Ivonne Tobón
Alcaldesa de Segovia
1988 - 1990

Una lista de nombre seguía este texto y otra especialmente para los menores de edad, víctimas de la masacre. Un frío se deposita en las tripas al leer esas letras, muchos nombres aparecen allí, mucha sangre de un solo golpe. La gente estaba en lo suyo, en la celebración, compartiendo con su familia, comprando los juguetes de las ferias. Tres hombres se acercaron al monumento, uno de ellos tocó un nombre de la lista de los menores: "Shirley, la niña" y en los ojos un brillo vidrioso. Después de un rato volvimos a la casa.



Pasadas las fiestas era el "retorno" a la normalidad, y aunque a los quince días seguían detonando voladores, la pregunta era si había tal cosa como la normalidad. Conseguimos un trabajo temporal, pintando la habitación de un niño, nuestra rutina entonces por esa última semana, era visitar diariamente la casa, almorzar con la familia y regresar al hogar con el cansancio a cuestas, en un calor inclemente como el de Segovia. Esos días los pasamos alrededor de historias del pueblo, de gobernantes que habían desfilado por las calles prometiendo absurdos, de como habían podido conseguir el techo para esta familia de dos jóvenes y dos niños, de como la inmediatez obliga a los jóvenes a trabajar en la mina, pero si su intención es superar esta instancia, hay que emigrar o escoger.

http://noticias.teleantioquia.com.co/es/news/region/20120725/282-mineros-segovia-estan-cese-actividades-denuncian-falta-pago/4698.shtml

No se puede mostrar ningún descontento porque el Estado no dará respuesta, si existe alguna será producto de la descarga de un arma. El mito de mártir colombiano, el que se atreve a denunciar, el que señala malos manejos, injusticias y que con total frialdad es asesinado por inoportuno y "camorrero".

http://www.prensarural.org/spip/spip.php?article8749

En vista del inicio de clases recogimos nuestras pertenencias, nos despedimos del pueblo con unas cervezas, en el bar donde se escuchaban algunas canciones de rock de cuando en cuando, cantamos con los presentes, nos enloquecimos y llegamos al parque. En la confusión llegaron las prostitutas, nos saludaron con confianza, hombres borrachos de "entre-semana" hacían planes. En mi alicorado estado me acerqué al monumento y le di la vuelta. Un texto relataba como las fuerzas militares permitieron que la masacre se produjera sin mostrar la más mínima intención de defensa a la población civil y como el silencio que siguió los hechos afirmó su aprobación y apoyo al acto más atroz perpretado sobre el municipio. La institución llamada a la gloria patria traicionando su gente, su supuesta razón de ser. A hoy, el crimen sigue siendo un mito de la parapolítica, y enredado en papel se llaman a juicio para resolver 22 años después los horrores del pasado.

http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-326886-exalcaldesa-de-segovia-declarara-proceso-contra-cesar-perez-garc

Sentí una enorme vergüenza. Los hechos de esos días la confirmaban. En las noticias salía el militar humillado por los indígenas del sur del Cauca, llorando unas lágrimas raras, que no juzgo pero cuestiono. Me pregunto la validez de todo este conflicto, su legitimidad, el fundamento aurífero, vale más la vida o el castellano, o la ideología o el poder. Este gobierno Santista se diferencia del Uribista por su mediocridad. Álvaro Uribe ha sido efectivamente vendido, tirano y  guerrerista. Santos ha sido el peor de los negociantes, con una pretensión reformista como si fuera la reencarnación de Lleras, pobre en su ideológica verborrea ¿, mercachifle, mal orador, falso profeta y sobretodo! Incomprensible en sus acciones y sus disculpas posteriores. Todo este circo gubernamental se traduce en programaciones vacías de los canales nacionales y regionales, que ofenden la inteligencia de todos, pero que se sirven calientes a la hora de las comidas para reunir a la familia y acompañarla alrededor de la mesa. Juzgar el medio es desconocer también el momento por el que pasa la humanidad, el gran problema de nuestros medios es que legitiman la gran mentira moderna y siguen respaldando ideales y valores que van en detrimento de la vida, el cuerpo y el entorno.

Durante todos estos días supe lo que era la hospitalidad paisa, fui tratada con respeto y con amor, fui bienvenida en las casas, y tuve la oportunidad de conocer esa población atrapada en el absurdo de la política colombiana. Mientras se perpetúa la violencia, me pregunto si es tal vez cuestion de aceptar que hay personas que simplemente valoran así las cosas, que están dispuestas a dar su vida (y quitar la de otros) por un metal y sus mitos. Yo lo reconozco, y sin embargo, me resisto a creer que ese sea el propósito de un territorio tan especial, tan particular, tan accidentado, tan rico en todos los aspectos ambientales y humanos. Me pregunto si todas las personas que se atrevan a exigir que se reconozca a Segovia por encima de su capacidad económica y productiva podrán disfrutar de algún día de cambio o si esta lucha seguirá siempre cobrando sus vidas. ¿Y como ver esto como un simple problema a la distancia?, si somos todos jueces y parte del problema colombiano, una historia continuada de desastres gubernamentales. ¿Será que es hora de deshacernos del ideal político para contemplar unas formas de consumo que respeten al ser humano y el medio ambiente?

Mientras el carro se aleja del pueblo, observamos en medio de la oscuridad de la madrugada, impermeables amarillos y pantalones reflectivos que caminan bajo la lluvia. Un sinsabor me queda. Estuve por un período largo y corto. Corto para tantos sucesos y cosas por saber y entender. Al final me quedó una libreta llena de historias y la terrible impotencia del que se ve en la distancia preocupado por lo irreconciliable. Que puedo hacer más que contar el cuento, reír con las anécdotas y rascarme la ronchas de los recuerdos.


Muchas gracias a Segovia por recibirme siempre como me gusta, con muchas sonrisas.


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