viernes, 10 de agosto de 2012

DROGAS EN LA FARMACIA/DROGAS EN LA CALLE


La mirada artística pareciera estar irremediablemente conectada a dos fuentes del ser, ambas difíciles de definir con simples palabras, y que tienen un peso enorme sobre la experiencia y en general, la vida cotidiana. Una de las fuentes está visiblemente manifiesta, es una actitud muy puntual frente a la vida y aunque lo que digo pareciera cualquier otro cliché, se evidencia en una especial sobre estimulación producto de la percepción del entorno, los sentimientos de horror, nostalgia o encanto tienen muchos matices pero se formalizan en la relación con el otro y el contexto que vivimos. En nuestro caso y por el desarrollo histórico del que somos testigos, esa percepción está permeada de todo tipo de información y nuestra reacción es una mueca de duda angustiosa en la que, a estas alturas de la existencia, aún no comprendemos ni aceptamos el absurdo despliegue del ser humano.

La otra fuente es otorgada desde el exterior, constituye la formación académica y las herramientas teóricas y formales que establecen ciertos parámetros para la compresión de la experiencia artística. Aunque la formación en relación al arte contemporáneo y en general en relación a la historia del arte cada vez pareciera más amplia, esta conquista en relación a la pluralidad y la inventiva artística está estrechamente ligada a las pautas que ha marcado la historia en lo referente a la política, la economía y el orden social.

El libro de Valeriano Bozal “El tiempo del estupor” da cuenta de unos períodos de la historia que fueron definitivos para comprender, desde una distancia temporal, el arte que produjeron tanto europeos como americanos, en períodos de guerra, entreguerras y posguerra, donde las experiencias  de los artistas de ambos continentes estaban respaldadas por tránsitos históricos a nivel mundial. El estudio de este libro esclarece el origen de ese arte que para muchos resulta incomprensible, en términos más populares “facilista” y que, ya como opinión personal, muchas veces abre una brecha entre espectador y artista ante el sentimiento de estupefacción que inunda a quien se ve afectado fuertemente (y en esta generalidad de forma negativa) por una imagen que lo contradice. Descrito incluso por Samuel Beckett: “No es un silencio conmovido, a juzgar por los elocuentes rechazos que se producen -refiriéndose a la obra de Bram van Velde-. Se diría que es un silencio casi de conveniencia, como el que se guarda, preguntándose por qué, ante un mudo: porque no se trata de una toma de conciencia, sino simplemente de una toma de visión.” (Bozal 2004:111)

La última parte de esta cita es tal vez uno de los más grandes catalizadores de la experiencia estética. Aunque no es posible reducir la experiencia a la mera visión de una imagen, la comprensión del origen de ésta nos ubica en un tiempo de reflexión sobre un pasado de muerte, radicalismo y represión. Comprender este tipo de imagen no puede limitarse a comprender una imagen formalmente, adivinar la presencia o ausencia de lo humano y tratar de igualar estos rasgos deshumanizados con conceptos canónicos del cuerpo e incluso los espacios, tampoco serviría convertirla en documento histórico ni en reportaje gráfico, para ello se desempeña el periodismo y los archivos gráficos, los documentales y la fotografía (de este tipo). Esta imagen que Bozal nos presenta, estas creaciones plásticas son gritos multiplicados y desfigurados que lloran el dolor acontecido, que comunican ese pavor incomunicable, el horror de esos hechos que disminuyen y deshumanizan y que para horror de todos nosotros, la humanidad, se repiten diariamente.

Dentro de mi formación personal y académica he tenido presente el transcurso de los hechos que se desarrollan en los contextos sociales en los que me desenvuelvo. Aún cuando mis percepciones y opiniones se transforman con el tiempo estas afectan fuertemente mi visión y mis sensaciones alrededor de la realidad y del mismo modo, del entorno que me rige. Así como la academia provee unos referentes y unas herramientas, el estudio del arte siempre invita a generar un vínculo progresivamente denso con las emociones, con eso que algunos llaman espíritu, conectarnos con esa fuente que refería en párrafos anteriores, esa que instintivamente nos dibujaba y coloreaba un paisaje de lo real, para amarlo u odiarlo. Aunque todos los caminos nos dirijan siempre a aludir a la poética para lograr extender ese vínculo con la materialidad, es esa acción corporal, la que se rescata tan fervorosamente con el expresionismo abstracto, la que sirve de puente para descargar ese sentimiento que enmudece el rostro y ahoga el espíritu.  

En mi caso y como una extensión del ensayo presentado en días pasados, además como una característica con la que me siento profundamente identificada, también he centrado mi proceso plástico en la creación a partir del estupor. Reconozco plenamente el gran aporte que hace el lenguaje para la expresión y recurro a las palabras para configurar con su estética un dibujo que lleve consigo siempre la importancia del rastro, donde el planteamiento, aunque visiblemente menos crudo y visceral que el de los artistas expuestos por Valeriano Bozal, es más una pregunta por el presente y sobre todo por el futuro. El momento actual que transcurre con las vicisitudes que reúne son producto de una serie de cuestionamientos que vienen planteándose de muchas  formas, veo en mi época una actitud emergente donde aumenta el valor otorgado la vida en general, al mismo tiempo que crece una presión por un cambio radical en los valores que pregona la oficialidad para construir sociedades más justas. La intención no es nueva, es el alcance que esta idea logra a partir del lenguaje y la comunicación.

Cada artista que se reconoce en una época, así su interés sea no tener interés alguno, está marcado por algún tipo influencia del momento, sea en el estilo o el concepto. Cuando se habla de los surrealistas en el texto de Bozal, se deja muy claro que una de las grandes desilusiones alrededor de las vanguardias fue que a pesar de las maravillosas pretensiones por la libertad del sujeto, el arte en últimas no pudo evitar  que la tragedia se repitiera y ante tal escenario, el arte volvía a esa casilla de la expresión cosmética, no servía para la vida real. Creo que es una inquietud alrededor del arte que permanece de forma superficial, pero que también da fe de la impotencia ante los acontecimientos y esa ingenua inmediatez popular que requiere un mesías de forma desesperada. Es aquí cuando comprendo que no es el arte el mesías, no es el arte una maquinaria combativa de fuerzas es por ello que tampoco puede pretenderse que sea solo el arte el generador de cambio de mentalidad colectiva radical.

En relación al expresionismo abstracto
Una característica vino a mi mente durante la lectura del libro de Bozal la encuentro imposible de ignorar si se reflexiona la marcada distancia entre la aparición de este nuevo ismo en América y en contraparte la producción artística de europea de la época. En estudios anteriores sobre la historia de las independencias de países conquistados por Europa, se decía que tal vez el único que logró emanciparse completamente fue Estados Unidos y que esa característica se hacía evidente en la consolidación de una cultura propia, que aunque fuese un collage de las creencias y doctrinas de propios y extraños al territorio, se presentaba como el dogma soberano  y se difundía por el mundo con la misma fuerza. Durante la Segunda Guerra Mundial la neutralidad norteamericana se vio alterada por un atentado de origen japonés que derivó en la unión de las fuerzas de los Aliados para combatir el apabullante poderío de los alemanes y ambién cobró una fuerte venganza con el bombardeo a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki concluyendo la guerra con un saldo aterrador de 55 millones de muertos alrededor del mundo.

Valeriano Bozal en “El tiempo del estupor” comienza con la descripción de una aparición brillante en el ámbito artístico. Un modelo nuevo, diferenciado del pasado vanguardista europeo, que representaba una sensibilidad ingenua y que se preocupaba por un pasado primitivo (Bozal 2004:19). Este nuevo artista se sometió a aislamiento para explorar la pintura como un gesto, como una expresión transparente del yo. Esta aparición acontece en 1948, a tres años de culminar la guerra, en un período confuso aminorado aún por los hechos. Todo lo renovador que tenía el expresionismo abstracto tendría una amplia repercusión también en el acercamiento del arte al observador y con el advenimiento del Arte Pop surgiría un juego con los límites de arte y el consumo.

El pasado parecía denso y difícil ante estos vientos de cambio, el mito renovado del artista renegaba de la herencia vanguardista, aunque esta herencia estaba constituida por un camino labrado por los artistas que también soñaron con un sujeto libre, algo que no podía desligarse de los ánimos renovadores y que incorregiblemente hacen parte de su historia.

Para los artistas europeos no era simplemente olvidar el pasado, empezar de cero no era posible si la memoria guardaba en muchos casos de ellos, imágenes aterradoras y absurdas donde esa realidad que contenía la vida cotidiana era una programación permanente de dolor, castigos y brutalidad. Cerrar la puerta a ese pasado fue para muchos una opción al angustioso recuerdo de los campos de concentración o el exilio. Zoran Music, ejemplo que provee Bozal, corrió con suerte de sobrevivir la deshumanización nacional-socialista y fue solo hasta 1970 con la serie No somos los últimos que el artista lograr configurar con su memoria un horror que se repetía constantemente en el transcurrir del tiempo.

La figura de un cuerpo sin vida, de una masa que sin la horma que otorga el espíritu sería solo un saco de carne que tiende a la putrefacción, a lo abyecto. Encontrar estas imágenes dibujadas con pocas pero evocadoras líneas, revivir en ellas con desasosiego la tragedia y comprender que no se trata de un certificado de testificación o un aporte a la memoria colectiva (no solo eso), no es una responsabilidad del arte como oficio o como estilo, es un ser humano contrariado y devastado por los hechos que bajo su mirada acontecen y que ante el estupor que generan solo es el cuerpo el que a través del oficio puede liberar la memoria y narrar en silencio el relato. Esa pobreza en el lenguaje a la que refería Walter Benjamin es producto también de una especie de muerte en vida de aquellos que viven y sobreviven las guerras, se retira el humano, el trato en relación a él, se priva del valor y por ende se condena a una extrañeza inhumana, un modus operandi de gran aceptación en los regímenes totalitarios.


La gran conquista de la que hacemos parte en este período histórico, en el que también se avizoran tiempos de cambio y una actitud renovadora en la mentalidad colectiva, podría ser una prolongación de esa acechante insatisfacción general que provoca la administración mezquina e impositiva del cuerpo y la existencia. El siglo XIX se caracterizó por una búsqueda de lo verdadero, de la materialidad de esa verdad, la verdad social, individual y física (Bozal 2004:51), algo de esa intención se ha venido colando en la historia y a lo largo de ella hemos podido reconocer heroicos personajes que se abalanzan en su conquista. Frente a esa verdad en la experiencia estética podemos referirnos de nuevo a la cita de Beckett, comprometer e incomodar la visión con la corporeidad de rostros tan bruscos como expresivos de Antonin Artaud o con la sordidez de los enfermos mentales de Théodore Gericault. Esa es una perspectiva de la verdad que se presenta en un rostro que en su dramatismo siembra una pregunta en nosotros espectadores. Los ideales estéticos son reemplazados por cuerpos más reales, una percepción más acorde con la violencia de los sucesos que acaecían.

Con mi trabajo personal he emprendido también una búsqueda por la verdad, no una verdad teórica, mejor dicho, no una respuesta que contenga una verdad. Existir en el siglo XXI requiere en grandes dosis comprender que no es posible una verdad única, contrario a la insistente aforismo cristiano, en nuestro mundo operan muchas fuerzas, místicas y terrenales, que afirman las múltiples dimensiones de la realidad, no como una cuestión ficciosa, sino como la realidad y el sentir individual construido únicamente por la propia experiencia del sujeto. De esta multiplicidad podemos saber gracias a la comunicación, el lenguaje y todos los medios que usamos para establecer las conexiones que nos permitan permearnos un poco de esas otras realidades. Como siempre, no es un caso general, hay muchas personas al margen del privilegio de la comunicación tal y como la conocemos, pero es innegable que gracias a ella es posible concebir el mundo como algo más que una amalgama de cuerpos esperando ser corregidos y unificados forzosamente. Esta reflexión facilita mi búsqueda, pues comprendo que mi papel en este mar de hechos y personas es tan minúsculo como un grano de arena y que esta insignificancia me regala la posibilidad de explorar, pensar y crear todo cuanto yo desee –en esa frontal contradicción-, es de las mejores epifanías artísticas que me han iluminado en el proceso.

Valeriano Bozal expone otros ejemplos como el de Francis Bacon e incluso el de Fran Kafka y “La metamorfosis”. Estos me impresionaron particularmente por las fuertes connotaciones de esa deshumanización y la dificultad para comunicar esa condición. El hombre que pierde su condición humana para aparecer como una cucaracha que suscita todo tipo de reacciones en el ámbito familiar, esas reacciones que se presentan de una forma muy particular cuando se trata de explicar, en el caso de las imágenes de Bacon, que ese horror fue provocado, que la malformación y la mutilación, la mueca, el llanto, el animal aparentemente humano, que ese grito silenciado en ese espacio es el residuo de la ingesta de toda esa relevancia oficialista y administrativa. Los ojos del otro no serán comprensivos en primera instancia, serán reaccionarios, efecto ineludible de la pintura de artistas como Francis Bacon y Jean Fautrier.

Bacon explora diferentes recursos pictóricos para su obra. La creación del espacio al interior del cuadro, unas claras delimitaciones que ubican las formas y acentúan las insinuaciones que propone con pocas líneas y elementos. En el dadaísmo por ejemplo con los ensambles se jugaba a crear también espacios absurdos e imaginarios relacionando la extrañeza de la distancia del observador con la cotidianidad de los elementos superpuestos, pero esa sensación de espacio tiene un encuentro también de vital importancia con la materia que reúne otro tipo de símbolos y que enfatiza la erosión que causa progresivamente la condición humana.  


No hay pintura. Sólo hay cuadros. Estos, al no ser salchichas, no son ni buenos ni malos. Todo lo que se puede decir de ellos es que traducen, con mayor o menor pérdida, absurdos y misteriosos empujes hacia la imagen, que son más o menos adecuados en relación a oscuras tensiones internas. En cuanto a que usted decida por sí mismo el grado de adecuación, no ha lugar, ya que no está en la piel del forzado. El mismo no sabe nada tampoco la mayor parte del tiempo. Por otra parte se trata de un coeficiente sin ningún interés. Pues pérdidas y beneficios se contrarrestan en la economía del arte, donde el tú es la luz de lo dicho, y toda presencia, ausencia. Todo lo que conseguirá saber de un cuadro es cuánto le gusta (y, en rigor, por qué, si ello le interesa).
Samuel Beckett, 1945
El mundo y el pantalón



Creo firmemente que cada de pieza artística crea un escenario en el que el observador solo se ve en relación a él mismo, la experiencia estética es sin duda alguna individual y aunque se alimente de otros conceptos para su disfrute, solo en la mente de quien observa se mueve esa emoción. Para concluir todo esto he tenido que observar con detenimiento y comprender el carácter que se marca en cada una de ellas. El arte tiene como una especie de extensión que conecta al espíritu y anida al interior. Del mismo modo, busca un canal de flujo al exterior, condición que admiro tanto en todos aquellos que sabiamente han podido traducirlo y ofrecerlo para la vista y el goce de todos. Aceptar que esa experiencia estética puede acontecer en lo hermoso y en lo desagradable, en lo idílico y en lo visceral, que puede desagradar a los más extremos niveles, esa concepción es la que ha permitido que el arte contemporáneo explore en todos los medios y las herramientas las posibilidades de creación al mismo tiempo que ha ido formando los públicos para el acercamiento a ese tipo de experiencia.

Cuando Bozal rescata la importancia de la materia se abre otra dimensión para la comprensión del arte de la época. Dubuffet y Brassaï fueron claros representantes de esta estética de la marginalidad: “Los personajes de Dubuffet, los trozos de papel pegados, restos de periódicos, hojas arrancadas, materias diversas, rayado, signos de la más variada condición, podemos encontrarlos en las paredes, en los restos de la publicidad arrancada, en los urinarios público, en los pasos subterráneso. Se trata de fragmentos anónimos, dibujos infantiles, que constituyen la expresión de un mundo degradado, inhóspito.” (Bozal 2004:83”

En el caso de Brassaï su interés por la París nocturna y sórdida lo llevo a retratar una esfera social oculta y esquiva pero latente. Personajes refugiados en la clandestinidad. Como su interés acogía esos factores, encontró también en el graffiti parisiense un relato anónimo, pasajero, pero de igual manera llamativamente sincero y desesperado.

Otros artistas, que componen el ejemplo de Bozal, como recurso plástico han llevado el muro a la obra. Este sustrato evoca otros imaginarios y sobretodo impone otras condiciones al creador, sobre esta cuestión el autor cita a Brassaï y me permite ubicar en contexto mi trabajo plástico a la fecha:

La sorda potencia del muro extrae del alma infantil otro “estilo” distinto al del papel, más áspero, más duro, más expresivo, desprovisto de todo elemento estrictamente pictórico. Estamos muy lejos de la amabilidad de los dibujos de los niños, de su humor, de su fantasía. La vocación de las materias y de los útiles puede transformar un arte y transfigurar incluso el pensamiento. Del papel al muro, la expresión infantil adquiere no sé qué gravedad o qué densidad. El papel se somete y el muro manda.1[1]



Las drogas

Este mítico año 2012 ha prometido todo tipo de cambios, desde los más fatídicos hasta los más optimistas. A nivel popular bromear con el fin del mundo es uno de los muchos resultados que arroja la mitología pos moderna. En el caso del arte contemporáneo es difícil retirar los mitos entorno al artista y su capacidad creadora, sin embargo esa capacidad creadora sigue deslumbrándonos ya sea por su despliegue en lo que se refiere a materiales o por la agudeza de los conceptos. En cualquiera de estos casos tampoco es un secreto que la búsqueda de esa experiencia estética se ha ido filtrando a otras disciplinas y que el papel del arte actualmente desborda no la materia sino también los espacios que tradicionalmente está llamado a habitar.

El registro provisto por Brassaï junto con el protagonismo del soporte en artistas como Antoni Tapies y Manolo Millares da explicación a la influencia de estas estéticas de la marginalidad en la búsqueda de mi trabajo personal. En principio debo constatar que mi interés conceptual tiene su inicio en mi experiencia como ser humano en relación con el otro y el contexto, aspecto muy claro en ejemplos expuestos en este escrito y desglosado de la misma forma. Ahora bien, si mi recurso plástico es el dibujo, este mismo está en capacidad de escapar el recinto para habitar otros espacios en los que la dureza del concreto definirá un diálogo abierto para la interpretación.

Ya la academia inyectó en mí esa droga que se convierte en una especia de dogma pos moderno, la experiencia estética es muy amplia y puede encontrarse de forma simple o compleja. Comprendo que en nuestra época la exploración con la sustracción, la mímesis, las alegoría, los juegos de lenguaje, los viajes oníricos, la negación o la afirmación, todo esto ha sido explorado, y aunque cada artista está llamado a emprender estos viajes de forma personal e individual, creo también que estoy buscando en la calle otro tipo de sustrato que genere otro tipo de preguntas y reflexiones en un espacio que es irrevocablemente común.

Las drogas en la calle actualmente no son fáciles de conseguir. Me refiero a que aunque ya a nivel académico estén legalizadas las vanguardias y las manifestaciones posteriores, que sean ellas referentes y ejemplos casi que obligados, la transición de espacios, del museo sagrado a la sacrílega calle es un proceso con muchos ingredientes, que como en otras épocas, cuestiona la moral aprendida y obliga a las sociedad a adoptar posturas aún mucho más amplias en lo que corresponde a la experiencia estética y la distancia con el arte. La disputa del territorio y la conciencia macabra de la propiedad privada acompañan la ya difícil tarea de intervenir un espacio que no pretende ser ni cómodo ni hospitalario.

Sería posible decir que actualmente el graffiti y en general el arte urbano desafía el orden establecido para nuestra época, más si cuestiona abiertamente el término del espacio público. Aunque la democracia fue el mejor escampadero para el fascista pos moderno es ello lo que permite que siga respirando bajo nuestras ciudades la administración totalitaria y mezquina del espacio público, ya no como una cuestión meramente estatal sino también comercial.

Qué mejor forma de crear públicos para el arte sino llevando la experiencia estética al espacio común. Sin embargo esa tensión que genera el graffiti es también lo que hace de él en este momento un vehículo de expresión tan impactante, tan cercano, tan deslumbrante y para el artista tan liberador y explosivo.

Que depara el futuro para la intervención callejera, creo que es difícil pronosticarlo, sin embargo, como el mercado tiene buen ojo consolidó la estética (y mucho de la cosmética) para consolidarse irremediablemente de forma doctrinal, ya no es extraño encontrar que esa legitima ilegalidad va pasando por el permiso de algunos para que sea la intervención intermediaria de este tipo de mensajes. Sin embargo en mi resguardado y silencioso corazón de artista espero que la tensión se prolongue y que la pregunta no sea tan efímera, que no dejemos mas la responsabilidad a la memoria y que el imaginario colectivo si se vuelque un poco, como los esperamos fervorosamente y de forma cómica y trágica en el 2012.






BIBLIOGRAFÍA
·         Bozal, Valeriano. 2004. El tiempo del estupor. Madrid: Ediciones Siruela S.A.
·         Wikipedia. www.wikipedia.com
·         www.tumblr.com
·         www.streetartutopia.com


[1] Cfr. Brassaï, ca. 1960, en MACBA Collection. Itinerary, Barcelona, MACBA 2002, pág. 24. Cita del autor Valeriano Bozal (2004:83)

EL DESENCANTO INMANENTE: Una mirada a la teoría benjaminiana desde la experiencia propia en el arte


Puedo comprender en las letras la complejidad que subsiste tras su escritor, no obstante su estilo, creo que es este también testigo de la soledad o el desasosiego que pueda estar aquejando al puño que dibuja estas letras. En esta oportunidad que nuestro objeto de estudio ha sido el filósofo Walter Benjamin, he comprendido que la disidencia puede estar enmarcada en otros ámbitos que no refieren necesariamente a una actitud ideológica sino que también puede darse desde la experiencia interior, personal y sensitiva, así muchas de las fuentes que se alimente esta sensación tengan raíz en el conocimiento histórico y social del que participamos de alguna manera.

 Vivimos actualmente en una época de tensión, aún sobreviven muchos paradigmas que ha instaurado y reafirmado el sistema imperante, el mismo que ha generado toda serie de cuestionamientos por parte de filósofos y pensadores como Benjamin. En la época del filósofo el crecimiento industrial trajo consigo toda la fuerza de la razón, junto a este fenómeno el luteranismo redefinió el acercamiento espiritual de la época. Tanto la manufactura como la providencia se encontraron en un escenario desolador, ya no había espacio en la economía para el trabajo artesanal ni había espacio en la política para asuntos divinos. Esta situación puede contemplarse también desde varios puntos de vista, estos hechos partieron sin lugar a duda la historia del hombre y aunque se convirtieron en una dádiva más para los poderosos, en la mente de muchos, esta crisis despertó todo tipo de pasiones, enfoques y reflexiones.

Lo que encuentro más valioso en Benjamin ha sido siempre dimensionar su propia búsqueda desde los signos que lo hechos ocurridos en su contexto le dieron para configurar sus postulaciones. Es preciso conocer la historia, en mi caso, pues soporta las reflexiones y la inferencias que puedo traducir de la época actual, como Benjamin, habito un momento histórico sin precedentes, donde la tecnología ha multiplicado exponencialmente las conexiones entre personas y que como herramienta, ha servido para comprobar que las dimensiones de la “realidad” son aún más variadas e increíbles de lo que cualquiera se hubiera podido imaginar.

Para Benjamin la oscuridad de su época residía en un enfoque obtuso y limitado, donde la razón tenía la responsabilidad de iluminar todos los fenómenos y que sin lugar a duda tal luz se quedaba corta si se trataba de la búsqueda de una experiencia de orden metafísica. La angustia de una vida sin sentido, diría Benjamin, suscita un desinterés por esa realidad a la que tanto invita el progreso. Poseer, trabajar, alimentar, subsistir, criar, dormir, levantarse, todas ellas ordenes de un cronograma que enmarcaba ya el comportamiento y la cotidianidad, cualquier renuncia a este cronograma significa hacer también un sacrificio dentro de ese “marco” de la vida real, significaba comprometer algún aspecto del ser social. Entiendo de esta manera el afán del filósofo por rescatar cualquier teoría marginal e inexplicable, porque estas reivindican el carácter complejo y plural de un ser humano, incluso con las incongruencias en las opiniones de Benjamin es posible comprender que la dimensión humana se alimenta de muchas fuentes, todas ellas provistas por la “realidad”, y que su recorrido histórico puede ser tan variable como la naturaleza misma.

Cada que traigo la problemática benjaminiana a el momento histórico que vivo puedo reconocer en ambos momentos el mismo afán progresista, eso no ha cambiado realmente, las metas básicas siguen siendo las mismas aún cuando existan eufemismo como el de “una vida tranquila”. Aunque no concibo mi destino como trágico, puedo decir que sufro los rigores del desencanto, no comprendo los mecanismo de poder y aunque observo cómo se levanta una nueva generación altruista más preocupada por la igualdad y el equilibrio, observo también la misma cara decadente y melancólica de mi generación, defrauda por el accionar unificador, castrador de cualquier manifestación contraria a las fuerzas de poder.

Convivimos en un presente en estado de contingencia, a muy poco de estallar pero sin la suficiente fuerza para generar un estallido, las guerras pasadas han dejado una serie de tratados y acuerdos que no son respetados pero que crearon una nueva categoría moral, tan prostituida como cualquier entidad encargada de la veeduría del bienestar común. Es difícil creer que después de tanto dolor el ser humano no aprende de sus errores del pasado, eso es tal vez de las cosas que más descontento comienza a generar en esta época de tensión. El primer mundo amenaza cada año con crisis económicas, plagas infecciosas y armas de destrucción masiva, el patriotismo ciego de algunos comienza a desvanecerse sin embargo el regionalismo no desaparecerá nunca. No sabemos aún si estamos ad portas de presenciar realmente un vuelco histórico o simplemente será una revuelta más que se extinguirá en el tiempo.

Así como Benjamin, lleno mis expectativas muchas veces con la promesa de generaciones venideras, que comprendan por fin la maravillosa fuerza creadora del pensamiento y abra espacio para todos esos mundos posibles, donde el ser humano pueda gozar de esa experiencia absoluta, sin embargo, también como Benjamin, sostengo que de la misma manera que somos increíbles y raras criaturas, la mezquindad, la violencia, el egoísmo y la debilidad serán características constantes e inherentes en cada generación de humanos que presencie cualquier tipo de momento histórico.

Creo que no se trata únicamente de señalar unas palabras como viciadas o unos comportamientos como mezquinos y acomodados. Si se ha estudiado el alcance del lenguaje con tal refinamiento, sería posible pensar que no solo la experiencia tiene lugar en el lenguaje, sino que este es la piedra angular donde se construyen y destruyen todas las nociones referidas a la realidad y que es incluso bajo el poder mismo de la intención de la palabra que nuestros entornos y nuestra experiencia misma puede ser modificada, abstraída tal vez del eterno retorno del que habla Nietszche.

Tengo claro que no es necesario descargar un juicio moral sobre estas reflexiones, pero si tengo interiorizado un sentimiento complejo alrededor del ser, de mi ser si fuera necesario. Busco en autores como Benjamin no un consuelo o un referente, busco una postura que difiere, que cuestiona, que invita. Aunque no comparto la búsqueda de una experiencia sagrada ni es el encuentro con un dios lo que completaría mi experiencia, se que la frustración de este personaje gris reside en la misma raíz que la mía, una norma que pesa sobre los hombros, que castra y mutila cualquier experiencia que no esté acorde con la normativa, lo vivió el en el siglo XX y lo vivo yo en el siglo XXI. Como a Benjamin me quedan solo unas pocas palabras y muchas ideas que buscan siempre materializarse  y conectarse con cualquier otra alma desamparada que no busca amparo, sino compañía en la melancolía.