viernes, 10 de agosto de 2012

EL DESENCANTO INMANENTE: Una mirada a la teoría benjaminiana desde la experiencia propia en el arte


Puedo comprender en las letras la complejidad que subsiste tras su escritor, no obstante su estilo, creo que es este también testigo de la soledad o el desasosiego que pueda estar aquejando al puño que dibuja estas letras. En esta oportunidad que nuestro objeto de estudio ha sido el filósofo Walter Benjamin, he comprendido que la disidencia puede estar enmarcada en otros ámbitos que no refieren necesariamente a una actitud ideológica sino que también puede darse desde la experiencia interior, personal y sensitiva, así muchas de las fuentes que se alimente esta sensación tengan raíz en el conocimiento histórico y social del que participamos de alguna manera.

 Vivimos actualmente en una época de tensión, aún sobreviven muchos paradigmas que ha instaurado y reafirmado el sistema imperante, el mismo que ha generado toda serie de cuestionamientos por parte de filósofos y pensadores como Benjamin. En la época del filósofo el crecimiento industrial trajo consigo toda la fuerza de la razón, junto a este fenómeno el luteranismo redefinió el acercamiento espiritual de la época. Tanto la manufactura como la providencia se encontraron en un escenario desolador, ya no había espacio en la economía para el trabajo artesanal ni había espacio en la política para asuntos divinos. Esta situación puede contemplarse también desde varios puntos de vista, estos hechos partieron sin lugar a duda la historia del hombre y aunque se convirtieron en una dádiva más para los poderosos, en la mente de muchos, esta crisis despertó todo tipo de pasiones, enfoques y reflexiones.

Lo que encuentro más valioso en Benjamin ha sido siempre dimensionar su propia búsqueda desde los signos que lo hechos ocurridos en su contexto le dieron para configurar sus postulaciones. Es preciso conocer la historia, en mi caso, pues soporta las reflexiones y la inferencias que puedo traducir de la época actual, como Benjamin, habito un momento histórico sin precedentes, donde la tecnología ha multiplicado exponencialmente las conexiones entre personas y que como herramienta, ha servido para comprobar que las dimensiones de la “realidad” son aún más variadas e increíbles de lo que cualquiera se hubiera podido imaginar.

Para Benjamin la oscuridad de su época residía en un enfoque obtuso y limitado, donde la razón tenía la responsabilidad de iluminar todos los fenómenos y que sin lugar a duda tal luz se quedaba corta si se trataba de la búsqueda de una experiencia de orden metafísica. La angustia de una vida sin sentido, diría Benjamin, suscita un desinterés por esa realidad a la que tanto invita el progreso. Poseer, trabajar, alimentar, subsistir, criar, dormir, levantarse, todas ellas ordenes de un cronograma que enmarcaba ya el comportamiento y la cotidianidad, cualquier renuncia a este cronograma significa hacer también un sacrificio dentro de ese “marco” de la vida real, significaba comprometer algún aspecto del ser social. Entiendo de esta manera el afán del filósofo por rescatar cualquier teoría marginal e inexplicable, porque estas reivindican el carácter complejo y plural de un ser humano, incluso con las incongruencias en las opiniones de Benjamin es posible comprender que la dimensión humana se alimenta de muchas fuentes, todas ellas provistas por la “realidad”, y que su recorrido histórico puede ser tan variable como la naturaleza misma.

Cada que traigo la problemática benjaminiana a el momento histórico que vivo puedo reconocer en ambos momentos el mismo afán progresista, eso no ha cambiado realmente, las metas básicas siguen siendo las mismas aún cuando existan eufemismo como el de “una vida tranquila”. Aunque no concibo mi destino como trágico, puedo decir que sufro los rigores del desencanto, no comprendo los mecanismo de poder y aunque observo cómo se levanta una nueva generación altruista más preocupada por la igualdad y el equilibrio, observo también la misma cara decadente y melancólica de mi generación, defrauda por el accionar unificador, castrador de cualquier manifestación contraria a las fuerzas de poder.

Convivimos en un presente en estado de contingencia, a muy poco de estallar pero sin la suficiente fuerza para generar un estallido, las guerras pasadas han dejado una serie de tratados y acuerdos que no son respetados pero que crearon una nueva categoría moral, tan prostituida como cualquier entidad encargada de la veeduría del bienestar común. Es difícil creer que después de tanto dolor el ser humano no aprende de sus errores del pasado, eso es tal vez de las cosas que más descontento comienza a generar en esta época de tensión. El primer mundo amenaza cada año con crisis económicas, plagas infecciosas y armas de destrucción masiva, el patriotismo ciego de algunos comienza a desvanecerse sin embargo el regionalismo no desaparecerá nunca. No sabemos aún si estamos ad portas de presenciar realmente un vuelco histórico o simplemente será una revuelta más que se extinguirá en el tiempo.

Así como Benjamin, lleno mis expectativas muchas veces con la promesa de generaciones venideras, que comprendan por fin la maravillosa fuerza creadora del pensamiento y abra espacio para todos esos mundos posibles, donde el ser humano pueda gozar de esa experiencia absoluta, sin embargo, también como Benjamin, sostengo que de la misma manera que somos increíbles y raras criaturas, la mezquindad, la violencia, el egoísmo y la debilidad serán características constantes e inherentes en cada generación de humanos que presencie cualquier tipo de momento histórico.

Creo que no se trata únicamente de señalar unas palabras como viciadas o unos comportamientos como mezquinos y acomodados. Si se ha estudiado el alcance del lenguaje con tal refinamiento, sería posible pensar que no solo la experiencia tiene lugar en el lenguaje, sino que este es la piedra angular donde se construyen y destruyen todas las nociones referidas a la realidad y que es incluso bajo el poder mismo de la intención de la palabra que nuestros entornos y nuestra experiencia misma puede ser modificada, abstraída tal vez del eterno retorno del que habla Nietszche.

Tengo claro que no es necesario descargar un juicio moral sobre estas reflexiones, pero si tengo interiorizado un sentimiento complejo alrededor del ser, de mi ser si fuera necesario. Busco en autores como Benjamin no un consuelo o un referente, busco una postura que difiere, que cuestiona, que invita. Aunque no comparto la búsqueda de una experiencia sagrada ni es el encuentro con un dios lo que completaría mi experiencia, se que la frustración de este personaje gris reside en la misma raíz que la mía, una norma que pesa sobre los hombros, que castra y mutila cualquier experiencia que no esté acorde con la normativa, lo vivió el en el siglo XX y lo vivo yo en el siglo XXI. Como a Benjamin me quedan solo unas pocas palabras y muchas ideas que buscan siempre materializarse  y conectarse con cualquier otra alma desamparada que no busca amparo, sino compañía en la melancolía. 

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