martes, 24 de abril de 2012


Foto: *Malicia

¿Qué entiendo yo por efímero? La respuesta directa a esta pregunta es el resultado de muchos desesperados intentos por comprender los fatales finales que se presentan más frecuentemente de lo que se puede reconocer con honestidad. Me refiero al recorrido natural por la vida y los enfrentamientos diarios con los fines.

Por supuesto, cala en uno la sentencia salsera de: “todo tiene su final”; nos sentimos abandonados a veces o simplemente abandonamos etapas, lugares, personas, creencias, hábitos. En mi caso, creo que no he tenido que despedirme tantas veces como otros y pocas veces lo hago con firmeza, lo que me abandona es simplemente un vínculo diluido de forma natural. Cuando desprenderse ha sido complejo, siempre tengo una especie de epifanía en la que encuentro alivio, el olvido es también un don tan valioso como la memoria, y como siempre tengo que explicarme, yo no hablo de un olvido como el practicado con fines políticos, eso es impunidad. Hablo de un olvido que apaga al ego para dejar fluir la historia (o puede que no siempre lo apague, puede que lo lleve en otra dirección).

Creo que mis despedidas dolorosas han estado relacionada siempre con sentimientos a los que no estoy dispuesta a renunciar en ese momento y creo que eso es ya otra historia, incluso creo que el olvido al que me refiero es difícil de llevar a cabo en momentos así, porque así el ego se vea disminuido hasta su mínima expresión, es una angustia superior la que suscita este tipo de pérdidas irreparables. En mi caso opto por no contemplar finales no sucedidos e innecesarios, disfruto los días en curso y proyecto unas cuantas ideas a corto plazo. Por  ello, el olvido del  que hablo invoca un comportamiento difícil pero clave para nuevos días por venir, no tomar los hechos de forma personal (y aclaro que es una opinión personal jajajaja).

Con el graffiti he tenido siempre una fijación. Me gusta leer, me gusta leer las paredes, no importa lo que digan. Cuando era niña vivía en Torres de Avignon y la ruta ideal para llegar era por la 80 o la 76. En ese recorrido por Belén leí el primer graffiti que llamó mi atención, una firma que decía TATO (la A estaba encerrada en un círculo, en esa época no tenía ni idea que significaba). Pensaba siempre en quien podía ser ese “tato”, si vivía en mi unidad, si no le daba miedo escribir en la paredes. Después de eso fui identificando las firmas recurrentes, recuerdo un “Lachu” que firmaba por el barrio Fátima y un “Alejo” que firmaba con una caligrafía muy especial y estaba en todas partes, en los lugares más inusuales incluso y me obligaba a imaginar los recorridos por la ciudad que hacía este personaje. Para mi sorpresa tuve el gusto de conocerlo mientras estudiábamos publicidad en el Instituto de Artes.

Todas estas maravillas imaginarias se mezclan con esta “sensación oscura” de querer intervenir violentamente el espacio común que es la ciudad, y aunque suene exagerado, es ese el factor de debate sobre la diferenciación entre arte urbano y “vandalismo”. En mi caso, no creo que el vandalismo sea una definición lo suficientemente clara, por el contrario reduce a un crimen lo que puede ser en muchos casos, una conquista sobre el panorama urbano de una voz que reclama participación sobre el escenario común. La contraparte a este alegato de forma oficial se fundamente en el respeto a la propiedad privada y al patrimonio común, conceptos que también empiezan a aflojar por nuestros días, pero que también tiene mucho sentido si se trata de considerar con una mirada amplia todas las cuestiones que intervienen en este tema.

No me gustaría despertar un día y encontrar mi ventana cubierta de una letra angulosa y brillante, sería un desperdicio de pintura para el artista y su limpieza una tarea extra en mi lista. No se trata de violentar desde esa perspectiva, menos aún si espero que mi espacio sea también respetado. Creo que los espacios que busca conquistar el arte urbano son aquellos que son negados con un gris uniforme o vendidos como una mercancía exclusiva para pudientes.  Es el equilibrio que busca espontáneamente esa práctica. En mi caso, quiero participar del espacio urbano y creo en él como un medio de expresión informal y por ahora, libre de ataduras intermediarias, es mi visión comunicada directamente a unos cuantos ciudadanos por un período de tiempo.  Muchas cosas suceden en esos procesos, paredes de propios y ajenos son lienzos nocturnos.

Ahora bien, mientras avanza la historia somos testigos de una creciente aceptación por la intervención urbana. El muralismo ha sido una práctica artística bien difundida y en Medellín tenemos en Pedro Nel Gómez uno de los artistas con mayor desempeño en esta área. Actualmente este nuevo muralismo despierta admiración en principio y claramente por el increíble talento que evidencian estas obras, el manejo de las técnicas y desde diferentes  puntos de vista, las sensaciones que suscitan los mensajes (o simplemente el choque estético) allí. Si fuese terriblemente fatalista diría que es un proceso decadente hacia la legalización, ya el mercadeo y los medios saben del atractivo masivo y la insurgencia frustrada de los adultos de nuestra época, por ello es un espacio ideal para explotar ya no solo pagando sino de forma intencionalmente ilegal. Por otra parte, el Estado busca legislar la práctica con leyes insulsas y afanadas, recordándole a los graffiteros que ellos pertenecen al derrumbe y a las ruinas, como si marginar los oficios con unas cuantas letras en papel pudiera determinar una especie de curaduría del arte urbano, conceptualmente ingenuo, pero como lo sabemos todos, aplicable con bolillo, como todas las leyes de estos tristes neoliberales.

No digo que cualquier garabato deba ser enmarcado porque es arte urbano, de hecho, amo el arte urbano por su corta vida, es algo efímero en este espacio y sin embargo, puede anclarse en la memoria por siempre. Es aquí donde el olvido que mencioné anteriormente tiene cabida. En nuestros muros se han escrito miles de historias y cada generación tiene la oportunidad de reclamar en ellos lo que por derecho le corresponde. Nuevas historias se tejen con el paso del tiempo, estamos en presencia de un momento de esos, el arte urbano es valioso porque es efímero, no posee la ciudad, la cubre por unos días, vendrá el gobierno a pintar de gris, el clima hará de las suyas o simplemente el tiempo con su deterioro determinará que este espacio ya pertenecerá a otro época y contará otra historia. Creo que el despojo del ego en estos casos, de querer protagonizar por siempre y para siempre, de pretender inmortalizarse con una constante presencia, cuando por el contrario, ya es necesaria la ausencia. Qué difícil, yo sé, creo que incluso esta premisa va en contra vía de las metas reales y concretas de un artista con visión ganadora, mentiría si digo que no quiero participar de esta historia, por supuesto que sí, pero quiero que los medios fluyan como hasta ahora, no quiero carnetizar a nadie, ni hacer el papel de crítico sentenciador, quiero compartir mi opinión y trabajar en mis dibujos y pinturas, sabiendo que ese museo urbano donde pretendo “exponerlo” es terreno de nadie.









Fotografía y animación: Felipe Martínez

Todo el proceso previo al dibujo, una de ellas, cargar el rollo de papel periódico en bus hasta la casa.

martes, 17 de abril de 2012

El fin del mundo y solo escribir

Realmente no tengo muy claro el norte, ni de este blog, ni de la existencia, ni del mundo. Hay palabras rodeando todo el tiempo los fenómenos y siento que mis opciones se reducen a usar  a unas cuantas para describir esta sensación que se hace presente. Es cuestión de escuchar una conversación en la calle, leer un titular, ser miembro de una red social, en fin, tener algún tipo de contacto con "el otro" para identificar esa cosa innombrable que flota por los aire de la historia. 
Para mi, no está atado a un dogma ni a una ideología, aunque bajo el manto de la libertad se sigan repitiendo consignas anodinas y remasticadas; no pertenece a una cuestión teórica y aunque sus consecuencias tiendan a ser caóticas, llaman a otro tipo de orden. No es un mito urbano, no es el temor tergiversado a la fatal fecha maya, no es ni siquiera una moda o un impulso fugaz como muchos otros. Que sea una sensación así de inclasificable me maravilla, pero también me aterroriza por esta desconfianza que siento hacia el ser humano, hacia su naturaleza y sobretodo hacia el poderoso ego.
Es evidente que presenciamos el relevo generacional y con el una renovación en los valores, las percepciones del mundo y lo que inspira primordialmente este blog, un profundo descontento general por la mezquina administración de las libertades, los recursos comunes y la vida en todas sus formas. Temo mucho que sea simplemente un ciclo más donde las nobles palabras pierdan su significado y se instauren de nuevo como parábolas vacías para condenar lo bueno y lo malo. Por eso, creo y sobretodo, aliento a la descarga moral, y no se trata de incurrir en la negligencia o la desvalorización del bienestar, como alegan siempre los godos cuando de hablar de moral se trata, es liberar las creencias de esa infecciosa intención cristiana de apoderarse de todo y que si no sucede así, está maldito a nuestros ojos por siempre.  
Durante el receso de semana santa tuve la oportunidad de conocer una celebración católica en un pueblo con unas dinámicas muy contrarias a las oficiales. Segovia, un pueblo minero que se rige por las normas del comercio, que hace poco caso de la fuerza pública y que en últimas está tan contaminada de avaricia como cualquier otro territorio proveedor de riqueza. Perpleja observo como esa pesadísima culpa por la muerte de Cristo se va disipando lentamente y algunos "simples cristianos" están hartos de llorar un muerto que al fin y al cabo resucitará de nuevo en unos días y nacerá en unos meses trayendo regalos, prefieren mil veces celebrarlo sin sentido que llorarlo más. Por otra parte la degradada y rancia imagen de los poderes clericales, no importa lo carismático del sacerdote de tu parroquia local; y es que no es rebeldía estúpida adolescente, como quieren calificar siempre este tipo de confrontación, es que no es posible articular los discursos con lo hechos, con las prácticas que tienen lugar en esa esfera de "la realidad", la misma que pretenden seguir negando y justificando; lo más indignante es la hipocresía de sus juicios y esa estúpida batalla por colonizar las almas de esta humanidad adolorida. No es posible, desde nuestra parte, perpetuar esa cadena tan nociva de contradicciones inyectadas de una culpa inútil. De la mano de este poder, pierden también legitimidad los burgueses, los políticos, los mesías, los ídolos, los monarcas. Un ejemplo que me deleito en citar, ese espectáculo tan triste que es la corona española y el despliegue que a estas alturas pretende tener. Un rey que caza elefantes y viaja en jet privado para ser intervenido quirúrgicamente, me parece incluso hasta una ingenuidad mediática, porque si estamos en la época de complacer a los públicos, no importa lo monarca que seas, tu impopularidad te hará viajar a lo más profundo del averno, porque eso también tiene el ser humano y he aquí la clave de todo este discurso, hombres y mujeres disfrutan enormemente el derrumbe, de lo que sea, pero se saborean el doloroso derrumbe de sus ídolos.    
Invoco el fin del mundo, es una consigna que he encontrado en otras intenciones, que intuyo en otras personas que como yo, aspiran ser testigos del cambio, como lo fueron otras generaciones. 
No estoy buscando esperanza y creo no es una cuestión de salvación, aunque me peinen tan suavemente el alma esas utopías de la libertad. Se que pasaremos de una condena a otra para establecer algún mecanismo que rija los indomables impulsos del ego, por que eso si no se, creo que está lejano el día del despojo, el día de no tomarlo personal, de reconocernos en los ojos del otro, no para transformarlo en una extensión de nuestras creencias ni en una colonia de nuestra personalidad, simplemente para potenciarnos mutuamente y seguir maravillándonos con la inmensidad de nuestras habilidades creadoras.
Tal vez es esa la razón por la cual no desisto del ser, no renuncio a contemplarlo, porque así como es escenario de las pesadillas mas terribles, es en su diminutez e individualidad un universo complejo y hermoso, contradictorio y denso, pero sorprendente... siempre.