Realmente no tengo muy claro el norte, ni de este blog, ni de la existencia, ni del mundo. Hay palabras rodeando todo el tiempo los fenómenos y siento que mis opciones se reducen a usar a unas cuantas para describir esta sensación que se hace presente. Es cuestión de escuchar una conversación en la calle, leer un titular, ser miembro de una red social, en fin, tener algún tipo de contacto con "el otro" para identificar esa cosa innombrable que flota por los aire de la historia.
Para mi, no está atado a un dogma ni a una ideología, aunque bajo el manto de la libertad se sigan repitiendo consignas anodinas y remasticadas; no pertenece a una cuestión teórica y aunque sus consecuencias tiendan a ser caóticas, llaman a otro tipo de orden. No es un mito urbano, no es el temor tergiversado a la fatal fecha maya, no es ni siquiera una moda o un impulso fugaz como muchos otros. Que sea una sensación así de inclasificable me maravilla, pero también me aterroriza por esta desconfianza que siento hacia el ser humano, hacia su naturaleza y sobretodo hacia el poderoso ego.
Es evidente que presenciamos el relevo generacional y con el una renovación en los valores, las percepciones del mundo y lo que inspira primordialmente este blog, un profundo descontento general por la mezquina administración de las libertades, los recursos comunes y la vida en todas sus formas. Temo mucho que sea simplemente un ciclo más donde las nobles palabras pierdan su significado y se instauren de nuevo como parábolas vacías para condenar lo bueno y lo malo. Por eso, creo y sobretodo, aliento a la descarga moral, y no se trata de incurrir en la negligencia o la desvalorización del bienestar, como alegan siempre los godos cuando de hablar de moral se trata, es liberar las creencias de esa infecciosa intención cristiana de apoderarse de todo y que si no sucede así, está maldito a nuestros ojos por siempre.
Durante el receso de semana santa tuve la oportunidad de conocer una celebración católica en un pueblo con unas dinámicas muy contrarias a las oficiales. Segovia, un pueblo minero que se rige por las normas del comercio, que hace poco caso de la fuerza pública y que en últimas está tan contaminada de avaricia como cualquier otro territorio proveedor de riqueza. Perpleja observo como esa pesadísima culpa por la muerte de Cristo se va disipando lentamente y algunos "simples cristianos" están hartos de llorar un muerto que al fin y al cabo resucitará de nuevo en unos días y nacerá en unos meses trayendo regalos, prefieren mil veces celebrarlo sin sentido que llorarlo más. Por otra parte la degradada y rancia imagen de los poderes clericales, no importa lo carismático del sacerdote de tu parroquia local; y es que no es rebeldía estúpida adolescente, como quieren calificar siempre este tipo de confrontación, es que no es posible articular los discursos con lo hechos, con las prácticas que tienen lugar en esa esfera de "la realidad", la misma que pretenden seguir negando y justificando; lo más indignante es la hipocresía de sus juicios y esa estúpida batalla por colonizar las almas de esta humanidad adolorida. No es posible, desde nuestra parte, perpetuar esa cadena tan nociva de contradicciones inyectadas de una culpa inútil. De la mano de este poder, pierden también legitimidad los burgueses, los políticos, los mesías, los ídolos, los monarcas. Un ejemplo que me deleito en citar, ese espectáculo tan triste que es la corona española y el despliegue que a estas alturas pretende tener. Un rey que caza elefantes y viaja en jet privado para ser intervenido quirúrgicamente, me parece incluso hasta una ingenuidad mediática, porque si estamos en la época de complacer a los públicos, no importa lo monarca que seas, tu impopularidad te hará viajar a lo más profundo del averno, porque eso también tiene el ser humano y he aquí la clave de todo este discurso, hombres y mujeres disfrutan enormemente el derrumbe, de lo que sea, pero se saborean el doloroso derrumbe de sus ídolos.
Invoco el fin del mundo, es una consigna que he encontrado en otras intenciones, que intuyo en otras personas que como yo, aspiran ser testigos del cambio, como lo fueron otras generaciones.
No estoy buscando esperanza y creo no es una cuestión de salvación, aunque me peinen tan suavemente el alma esas utopías de la libertad. Se que pasaremos de una condena a otra para establecer algún mecanismo que rija los indomables impulsos del ego, por que eso si no se, creo que está lejano el día del despojo, el día de no tomarlo personal, de reconocernos en los ojos del otro, no para transformarlo en una extensión de nuestras creencias ni en una colonia de nuestra personalidad, simplemente para potenciarnos mutuamente y seguir maravillándonos con la inmensidad de nuestras habilidades creadoras.
Tal vez es esa la razón por la cual no desisto del ser, no renuncio a contemplarlo, porque así como es escenario de las pesadillas mas terribles, es en su diminutez e individualidad un universo complejo y hermoso, contradictorio y denso, pero sorprendente... siempre.
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