| Foto: *Malicia |
¿Qué entiendo yo por efímero? La respuesta directa
a esta pregunta es el resultado de muchos desesperados intentos por comprender
los fatales finales que se presentan más frecuentemente de lo que se puede
reconocer con honestidad. Me refiero al recorrido natural por la vida y los
enfrentamientos diarios con los fines.
Por supuesto, cala en uno la sentencia salsera de:
“todo tiene su final”; nos sentimos abandonados a veces o simplemente
abandonamos etapas, lugares, personas, creencias, hábitos. En mi caso, creo que
no he tenido que despedirme tantas veces como otros y pocas veces lo hago con
firmeza, lo que me abandona es simplemente un vínculo diluido de forma natural.
Cuando desprenderse ha sido complejo, siempre tengo una especie de epifanía en
la que encuentro alivio, el olvido es también un don tan valioso como la
memoria, y como siempre tengo que explicarme, yo no hablo de un olvido como el
practicado con fines políticos, eso
es impunidad. Hablo de un olvido que apaga al ego para dejar fluir la historia
(o puede que no siempre lo apague, puede que lo lleve en otra dirección).
Creo que mis despedidas dolorosas han estado
relacionada siempre con sentimientos a los que no estoy dispuesta a renunciar
en ese momento y creo que eso es ya otra historia, incluso creo que el olvido
al que me refiero es difícil de llevar a cabo en momentos así, porque así el
ego se vea disminuido hasta su mínima expresión, es una angustia superior la
que suscita este tipo de pérdidas irreparables. En mi caso opto por no
contemplar finales no sucedidos e innecesarios, disfruto los días en curso y
proyecto unas cuantas ideas a corto plazo. Por
ello, el olvido del que hablo
invoca un comportamiento difícil pero clave para nuevos días por venir, no tomar
los hechos de forma personal (y aclaro que es una opinión personal jajajaja).
Con el graffiti
he tenido siempre una fijación. Me gusta leer, me gusta leer las paredes,
no importa lo que digan. Cuando era niña vivía en Torres de Avignon y la ruta
ideal para llegar era por la 80 o la 76. En ese recorrido por Belén leí el primer graffiti que llamó mi atención, una
firma que decía TATO (la A estaba encerrada en un círculo, en esa época no
tenía ni idea que significaba). Pensaba siempre en quien podía ser ese “tato”,
si vivía en mi unidad, si no le daba miedo escribir en la paredes. Después de
eso fui identificando las firmas recurrentes, recuerdo un “Lachu” que firmaba
por el barrio Fátima y un “Alejo” que firmaba con una caligrafía muy especial y
estaba en todas partes, en los lugares más inusuales incluso y me obligaba a
imaginar los recorridos por la ciudad que hacía este personaje. Para mi
sorpresa tuve el gusto de conocerlo mientras estudiábamos publicidad en el
Instituto de Artes.
Todas estas maravillas imaginarias se mezclan con
esta “sensación oscura” de querer intervenir violentamente el espacio común que
es la ciudad, y aunque suene exagerado, es ese el factor de debate sobre la
diferenciación entre arte urbano y “vandalismo”. En mi caso, no creo que el
vandalismo sea una definición lo suficientemente clara, por el contrario reduce
a un crimen lo que puede ser en muchos casos, una conquista sobre el panorama
urbano de una voz que reclama participación sobre el escenario común. La contraparte
a este alegato de forma oficial se fundamente en el respeto a la propiedad
privada y al patrimonio común, conceptos que también empiezan a aflojar por
nuestros días, pero que también tiene mucho sentido si se trata de considerar
con una mirada amplia todas las cuestiones que intervienen en este tema.
No me gustaría despertar un día y encontrar mi
ventana cubierta de una letra angulosa y brillante, sería un desperdicio de
pintura para el artista y su limpieza una tarea extra en mi lista. No se trata
de violentar desde esa perspectiva, menos aún si espero que mi espacio sea
también respetado. Creo que los espacios que busca conquistar el arte urbano
son aquellos que son negados con un gris uniforme o vendidos como una mercancía
exclusiva para pudientes. Es el equilibrio que busca espontáneamente esa
práctica. En mi caso, quiero participar del espacio urbano y creo en él como un
medio de expresión informal y por ahora, libre de ataduras intermediarias, es
mi visión comunicada directamente a unos cuantos ciudadanos por un período de
tiempo. Muchas cosas suceden en esos
procesos, paredes de propios y ajenos son lienzos nocturnos.
Ahora bien, mientras avanza la historia somos
testigos de una creciente aceptación por la intervención urbana. El muralismo
ha sido una práctica artística bien difundida y en Medellín tenemos en Pedro
Nel Gómez uno de los artistas con mayor desempeño en esta área. Actualmente este
nuevo muralismo despierta admiración en principio y claramente por el increíble
talento que evidencian estas obras, el manejo de las técnicas y desde
diferentes puntos de vista, las
sensaciones que suscitan los mensajes (o simplemente el choque estético) allí.
Si fuese terriblemente fatalista diría que es un proceso decadente hacia la
legalización, ya el mercadeo y los medios saben del atractivo masivo y la
insurgencia frustrada de los adultos de nuestra época, por ello es un espacio
ideal para explotar ya no solo pagando sino de forma intencionalmente ilegal.
Por otra parte, el Estado busca legislar la práctica con leyes insulsas y
afanadas, recordándole a los graffiteros
que ellos pertenecen al derrumbe y a las ruinas, como si marginar los oficios
con unas cuantas letras en papel pudiera determinar una especie de curaduría
del arte urbano, conceptualmente ingenuo, pero como lo sabemos todos, aplicable
con bolillo, como todas las leyes de estos tristes neoliberales.
No digo que cualquier garabato deba ser enmarcado
porque es arte urbano, de hecho, amo el arte urbano por su corta vida, es algo
efímero en este espacio y sin embargo, puede anclarse en la memoria por
siempre. Es aquí donde el olvido que mencioné anteriormente tiene cabida. En
nuestros muros se han escrito miles de historias y cada generación tiene la
oportunidad de reclamar en ellos lo que por derecho le corresponde. Nuevas
historias se tejen con el paso del tiempo, estamos en presencia de un momento
de esos, el arte urbano es valioso porque es efímero, no posee la ciudad, la
cubre por unos días, vendrá el gobierno a pintar de gris, el clima hará de las
suyas o simplemente el tiempo con su deterioro determinará que este espacio ya
pertenecerá a otro época y contará otra historia. Creo que el despojo del ego
en estos casos, de querer protagonizar por siempre y para siempre, de pretender
inmortalizarse con una constante presencia, cuando por el contrario, ya es
necesaria la ausencia. Qué difícil, yo sé, creo que incluso esta premisa va en
contra vía de las metas reales y concretas de un artista con visión ganadora,
mentiría si digo que no quiero participar de esta historia, por supuesto que sí,
pero quiero que los medios fluyan como hasta ahora, no quiero carnetizar a
nadie, ni hacer el papel de crítico sentenciador, quiero compartir mi opinión y
trabajar en mis dibujos y pinturas, sabiendo que ese museo urbano donde
pretendo “exponerlo” es terreno de nadie.
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