lunes, 3 de septiembre de 2012

Mis vecinos

Mi década de los veinte años ha estado marcada por la gran pregunta sobre el Otro. La he desglosado desde mi experiencia y he desplazado la pregunta a todas mis relaciones. Filiales, formales, institucionales, de pareja, fraternas, todas ellas me han confrontado por su cercanía y los niveles de intimidad que se alcanzan con cada persona. El Otro mas lejano es también para mi, motivo de pregunta.

En un país como el nuestro, la "otredad" puede ser el mayor de los retos, en el sentido de la búsqueda de la convivencia; sin embargo, la imposibilidad de tolerar el "infierno" que puede ser el otro, compromete mucho más que la simple práctica de la inclusión como mecanismo constructor de sociedades más justas. Si bien no puedo yo dar respuesta a semejante preocupación, si tengo claro que es motivo de reflexión diaria.

He aprendido a disfrutar el trabajo académico porque a partir de él he podido valerme de la hermenéutica para desenvolver difíciles angustias en torno a mi persona en relación con el entorno y en un marco muy específico, con la ciudad. Los últimos tres años he vivido en la casa de mis padres, un apartamento en calasanz, una finca en Marinilla, un apartamento en la 70 y en Bulería. Lejos del abrigo de mis progenitores, he tenido que vérmelas con gente de todo tipo, las relaciones derivadas del espacio se convirtieron en mi interés porque en ellas está dispuesto el carácter oficial y privado, la mediación de conflictos y la asignación de espacios en relación el mérito.

Esta última vivienda, la que habito hoy día tiene una serie de características que he venido recogiendo en la memoria y con la fotografía. Fue entonces otro pretexto, el requerimiento de un ensayo académico, para reunir todos esos recuerdos e hilarlos alrededor de lo que significa lo abyecto en nuestros días.

He aquí el texto.



La zona de Bulerías es un recorrido de locales de comidas rápidas en el límite entre Belén y Laureles. La división la dibuja la Calle 33 y sobre ella se levanta la Avenida Bolivariana dejando unos espacios de resguardo bajo el puente que junto con la glorieta, constituyen una zona de la ciudad conocida por proveer servicios las 24 horas del día.

En muchos intentos por dinamizar este obligatorio espacio público, la alcaldía adoquinó los pisos, dispuso bloques de cemento como bancas y con mucha dificultad ha tratado de sembrar algunas plantas en las envenenadas jardineras que algún ingenuo paisajista diseño en su plano. Este “espacio de nadie” tiene unos habitantes imposibles de desplazar y sin embargo fluyen más que cualquiera de los ocasionales vecinos.


El lado sur del puente de la Bolivariana está justo frente mi ventana, es amplio, medianamente oscuro y al parecer el basurero preferido de toda esta zona, allí llegan todo tipo de desechos, de todos los tamaños y podría decir que por su naturaleza, es lo que llamarían “basura de rico”. Por su gran diversidad, atrae una multitud fluctuante de recicladores, algunos de ellos con uniforme, unos locos y otros cuerdos, drogadictos, simples mendigos, habitantes de la calle que necesitan un piso y un techo por una noche, una mañana, una tarde, unos días.

La escena es difícil de asimilar si se es un transeúnte ocasional, por esa razón fue una preocupación a la hora de elegir éste apartamento como mi vivienda. Si abro las persianas, cualquier saludo de buenos días será unos cuerpos comprimidos, envueltos en algunos sucios trapos, al lado de una montañita de basura revolcada varias veces, visitada por otra parte importante del vecindario, una gran familia de ratas, de las que se distingue el mestizaje pues tienen pelaje oscuro, otras blanco y algunas combinado. Las ratas duermen en el día y en la noche se pasean entre los huéspedes hurgando los vestigios de su improvisada cena, cocinada en un fogón de tres piedras, encendido con bolsas plásticas.

Cuando llegué al edificio El Caminito, situado sobre toda la Av. Bolivariana, los vecinos fueron muy claros al manifestar que si bien era un espacio del barrio muy desagradable, podía estar tranquila pues "estos indigentes no se meten con nadie, es más, son supremamente respetuosos de los habitantes del barrio", es decir, hay unos límites tácitos, nunca concertados, que definen la relación ocasional entre los civiles de la zona. Por supuesto, la existencia de este puente, que cobija esta situación, es la redención de la población senil pues su piadosa cristiandad les permite compartir con ellos algunas frases divinas, darles un bocado de vez en cuando y regalarles algún abrigo. Aún cuando llevo un año completo viviendo en este apartamento y ya es parte de mi vida cotidiana contemplarlos a ellos, a la basura que se arruma diariamente y la extensa familia de ratas, a veces es chocante verlos dormir en el piso sucio, acompañados por roedores, o comiendo de una olla que es también patrimonio común, pues el concreto hace una especie de cajón entre la estructura del puente y la pared que lo sostiene, donde mantienen algunas frazadas, utensilios y cartones que comparten sin ningún problema.

Puedo decir que el choque que provoca en mi esta escena urbana tiene su raíz en una educación rigurosamente higienista que he recibido por parte de toda mi familia, materna y paterna, donde la premisa ha sido siempre: “Pobreza con mugre es miseria”. Las mujeres de mi familia están obsesionadas con el orden y la limpieza, podría decir que en el caso de muchas, tener una propiedad representa una consagración a la escoba, porque no es posible que el espacio que uno habite se comparta con el desorden y la mugre. Cuando vine a vivir sola mi padre fue muy enfático, una de las condiciones era conservar el apartamento en orden y limpio, premisa obligatoria pues vivir en un primer piso con la miseria como vecino principal me obliga a celebrar un ritual de limpieza que mantenga las cucarachas fuera de mi propiedad pues ya han tratado de atacar en varias ocasiones.
      
Mientras yo limpio con la responsabilidad de quien ya es una persona adulta, en capacidad de proveerse un entorno sano; abro la persiana para dejar que circule el aire por mi pequeño recinto. Al frente unos cuantos carros de reciclaje, todos ellos con la basura perfectamente organizada, cajas de huevos en una pila, los cartones amarrados, las botellas reunidas por una cuerda, algunos juguetes. A la sombra del puente descansan, escogen sus tesoros, se ríen, hablan, duermen. Yo sigo limpiando mis cosas, me sorprende la cantidad de polvo que entra por la ventana, un tizne negro, a veces una pelusa densísima, que se acumula sobre todas las superficies en corto tiempo, toso y me siento un poco enferma, me imagino un tapiz de inmundicia en mis pulmones, vuelvo a mirar al frente, alguno de ellos enciende un cigarrillo o un bazuco.

Con el paso del tiempo he aprendido a reconocer algunos de los personajes que visitan la zona en busca de refugio, comida o basura. Los mendigos o indigentes son ancianos algunos, hombres mayores, o podrían incluso ser jóvenes, pero sus rostros barbados y recorridos, sus ojos perdidos y somnolientos los muestran como viejos. Hago énfasis en el hecho de que sean “ellos”, los huéspedes regulares solo son hombres, ninguna mujer pasa la noche allí en esas condiciones, solo distingo una mujer entre los visitantes frecuentes y si ha de dormir, lo hace sobre el puente. Existe otra figura femenina en este espacio, pero por su característica matronal es motivo de respeto. Una señora que se dedica al reciclaje y viene acompañada de un adolescente y otro señor a escoger su material. Es delicioso ver la cantidad de cosas que reúnen, los colores y los recuerdos que clasifican allí. Los recicladores pasan la noche del domingo y en la mañana de los lunes salen a recorrer los barrios de Belén y Laureles.

En noches muy solas me acompañaron sus conversaciones en la distancia y en lo amenazante de su presencia en la oscuridad, me sentí protegida por ellos. Una noche pasé bajo el puente acompañada de Felipe, que llevaba puesto un suéter de la selección Antioquia de baloncesto, un  muchacho se enamoró del suéter y se lo pidió regalado, el lo dudó por un momento mientras entrábamos a la casa, decidió dárselo con la condición que lo cuidara, las dos carretas se parquearon bajo la ventana a regalarnos en retorno sus mejores deseos y todas las bendiciones posibles, eso sí, que le diéramos otro saquito al parcero, que también tenía frio. Me quedo con la sensación de viejito redentor. Ese mismo día decidí sacar mi basura vergonzosa a esa esquina, dos tubos grandes de cartón industrial y un pedazo de lona de pendón, que me imaginé, podría ser de gran valor para un habitante de la calle. Desde la ventana puedo ver los tubos y la lona, nadie se la lleva, me juzgo por eso, como si me hubiese creído el cuento de la caridad con los desechos, sin embargo, este diario encuentro con el desperdicio me ha obligado a cuestionar mi basura y mi actitud frente a ella. Por supuesto ahora reciclo con mucho cuidado y de alguna manera trato de proteger a quien va a hurgarla. Ese es el quiebre para mí, porque es como una de esas prácticas corporativas que bajo la delgada sábana de la “responsabilidad social” asumen mediocremente algunas actitudes defensoras del planeta, pero a la hora de la verdad, se sigue perpetuando ese modelo económico rancio y obsoleto. Por mi parte, en mi impotencia, no me queda más que hacerme responsable de mi basura y con mis afectos lejanos, hacer una que otra cosa a favor de esos vecinos que me acompañan.

Me pregunto muchas veces de que hablarán en las noches, mientras se sientan en ronda, a fumar, a cocinar. Pocas veces se han enfrentado entre ellos, y cuando pasa no deja de ser un alegato, alguna de las partes se retira y todo vuelve a normalidad, es en general un espacio armonioso, donde se protegen entre ellos si es preciso. Una noche hubo una discusión muy fuerte entre dos jóvenes y uno de ellos le mostró la lata al otro, la señora que los acompañaba se asustó mucho y se puso a llorar, en ese momento se disolvió la pelea y el muchacho se fue. No pasó nada. Hace poco un señor estaba muy alicorado, sentado sobre la basura, diciendo algunos improperios. Su compañero de tragos le decía que se calmara, el señor se agitaba más, caminaba entre los carros, se acostaba en el pavimento, pasaron 6 horas y su amigo a la tercera ya se había ido. El señor tomó su costal y se fue. Algunos de los indigentes conocidos no han vuelto, me pregunto si murieron o encontraron una mejor “caleta”. Igual esta esquina siempre estará habitada, sucia y desordenada.

Este hospitalario lugar es visitado regularmente por Espacio Público, a veces solo toman unas fotos, otras veces vienen con un camión a llevarse a los durmientes. Regularmente la administración municipal trae un chorro a presión y lava el curtido adoquín que recupera un inesperado color rojo, el mismo que se cubrirá de hollín en cuestión de días. Todas las mañanas pasa el camión de Empresas Varias a recoger la basura que se acumula en la esquina, después de la rabia que me produce su bullosa aparición a las 6 a.m. me debato un poco entre la compasión y la admiración, tres muchachos recogen el estallido de desperdicios e inmundicia que dejó la noche. Recicladores y ratas dejan un tapete de basura que solo se puede recoger con una pala de cartón que improvisan los recolectores. Cuando hablé de variedad en la basura, es real. En esa esquina han dejado inodoros, puertas, camas, muebles, de hecho, la pelea por el mueble entre los recolectores y los mendigos deja siempre a un pobre hombre con el corazón partido, viendo su cómodo sofá ser triturado por el camión mientras les grita “¡Hijueputas!”. Todos estos intentos por mantener algún tipo de limpieza es una guerra infértil, el vecindario lo ha dispuesto como su propio basurero y se ha acostumbrado a sus dinámicas, es más, se ha encariñado con el ser que los habita, pues no soy solo yo la que separa una porción del almuerzo para compartirlo con el señor de barba canosa y sombrero de paja que duerme sobre el andén y cambia su ropa todos los días con un agudo sentido de la moda.

Son tan particulares los límites entre “ellos” y “nosotros”, que cuando se han visto diluidos por alguna situación, ambas partes quedan estupefactas y un poco contrariadas. Un vecino del edificio en el que vivo se mostró siempre muy amigable, cordial y comedido. Los criollos chismes de propiedad horizontal clase media decían que el muchacho vivía con su madre, que era rehabilitado y tenía un comportamiento irregular y conflictivo con su progenitora. La señora llamaba a la policía cuando tenía problemas con su hijo. Una noche de fiesta llegamos Felipe y yo al edificio, dos agentes salían y los siguió el muchacho pálido. El grito algunos insultos a su mamá desde la calle, cruzó la Avenida y se sentó con los mendigos, uno de ellos acostado sobre un colchón lo invitó a que lo acompañara en el cómodo espacio. Los acompañaba otro sentado en un sofá desechado y la escena parecía una tarde de té en casa de amigos. Los durmientes le ofrecieron bazuco al muchacho que en su estado lo recibió todo, fumó y fumó y tosió y tosió. Yo desde mi ventana no daba crédito a lo que veía. Un habitante de este lado de la calle compartiendo a ese nivel de intimidad ese espacio tan familiar y tan lejano al mismo tiempo. Yo he ido a pintarlo, a rayarlo, mirarlo, pero su carga no me permite quedarme mucho rato. El chico pasó la noche. Al otro día su rostro confundido volvió a la casa, a los tres días la familia se mudó definitivamente.

Foto: Felipe Martínez
En diciembre de 2011 el desbordamiento de la quebrada La Picacha arrastró una fuerte corriente de agua hasta el rio Medellín, la zona de Belén se vio afectada por la inundación de las canalizaciones que descargaron basura y pantano a su paso. Desde la ventana veíamos con horror como se inundaban garajes  y sótanos, yo temía por mi apartamento. Las intensas lluvias de aquel año arreciaron en época de navidad y en plenas celebraciones el barrio era un pantanero terrible, los vecinos armados de baldes trataban de sacar todo el sedimento de sus parqueaderos, el lodo nos cubrió varias semanas, en las que nos confundíamos con cualquier otro habitante de la calle. Nuestra condición de damnificados nos acercó de un pliegue a esos semejantes que viven cubiertos de otro tipo de lodo. Los mendigos no soportaron el polvero de esos días ni el paso de diario de la maquinaria pesada, encargada de reparar la inundación del deprimido de la 33 y recoger la gruesa capa de pantano de las calles, se ausentaron casi hasta enero.

Ha sido motivo de todo tipo de observación e investigación, este lugar me confronta, me obliga a retratarlo, a estudiarlo, a usarlo. Las preguntas sobre él, si no me da asco de ese panorama, si no le tengo miedo a los gamines, si no grito cuando veo las ratas, si no me fastidia la vida. Nunca lo vi como un problema para mi vivienda, yo agradezco un techo que me permita en mis días de estudiante resguardarme y trabajar en mis cosas. No me enfrenta lo abyecto de la basura, lo inmundo de su apariencia y olores, me cuestiona la condición humana, la productora de este desperdicio del que se avergüenza y la misma que se beneficia de él cuando decide que es la calle su mejor resguardo. Ni siquiera las ratas me atemorizan, creo que sienten ellas más miedo del búho blanco que se posa sobre la palma del frente y que las acecha en las noches hasta que logra cazar alguna. Yo desde mi jaulita los miro, me rio con ellos, los escudriño con la cámara, los dibujo, me levanto a las 4 a.m. a estudiar y a ver el desfile de carrozas de cada mañana, carritos de madera llenos de tesoros, adornados, ansioso por recorrer calles y buscar cosas.  

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