En un país como el nuestro, la "otredad" puede ser el mayor de los retos, en el sentido de la búsqueda de la convivencia; sin embargo, la imposibilidad de tolerar el "infierno" que puede ser el otro, compromete mucho más que la simple práctica de la inclusión como mecanismo constructor de sociedades más justas. Si bien no puedo yo dar respuesta a semejante preocupación, si tengo claro que es motivo de reflexión diaria.
He aprendido a disfrutar el trabajo académico porque a partir de él he podido valerme de la hermenéutica para desenvolver difíciles angustias en torno a mi persona en relación con el entorno y en un marco muy específico, con la ciudad. Los últimos tres años he vivido en la casa de mis padres, un apartamento en calasanz, una finca en Marinilla, un apartamento en la 70 y en Bulería. Lejos del abrigo de mis progenitores, he tenido que vérmelas con gente de todo tipo, las relaciones derivadas del espacio se convirtieron en mi interés porque en ellas está dispuesto el carácter oficial y privado, la mediación de conflictos y la asignación de espacios en relación el mérito.
Esta última vivienda, la que habito hoy día tiene una serie de características que he venido recogiendo en la memoria y con la fotografía. Fue entonces otro pretexto, el requerimiento de un ensayo académico, para reunir todos esos recuerdos e hilarlos alrededor de lo que significa lo abyecto en nuestros días.
He aquí el texto.
La zona de Bulerías es un
recorrido de locales de comidas rápidas en el límite entre Belén y Laureles. La
división la dibuja la Calle 33 y sobre ella se levanta la Avenida Bolivariana
dejando unos espacios de resguardo bajo el puente que junto con la glorieta,
constituyen una zona de la ciudad conocida por proveer servicios las 24 horas
del día.
En muchos intentos por
dinamizar este obligatorio espacio público, la alcaldía adoquinó los pisos,
dispuso bloques de cemento como bancas y con mucha dificultad ha tratado de
sembrar algunas plantas en las envenenadas jardineras que algún ingenuo paisajista
diseño en su plano. Este “espacio de nadie” tiene unos habitantes imposibles de
desplazar y sin embargo fluyen más que cualquiera de los ocasionales vecinos.
La escena es difícil de
asimilar si se es un transeúnte ocasional, por esa razón fue una preocupación a
la hora de elegir éste apartamento como mi vivienda. Si abro las persianas,
cualquier saludo de buenos días será unos cuerpos comprimidos, envueltos en
algunos sucios trapos, al lado de una montañita de basura revolcada varias
veces, visitada por otra parte importante del vecindario, una gran familia de
ratas, de las que se distingue el mestizaje pues tienen pelaje oscuro, otras
blanco y algunas combinado. Las ratas duermen en el día y en la noche se pasean
entre los huéspedes hurgando los vestigios de su improvisada cena, cocinada en
un fogón de tres piedras, encendido con bolsas plásticas.
Cuando llegué al
edificio El Caminito, situado sobre toda la Av. Bolivariana, los vecinos fueron
muy claros al manifestar que si bien era un espacio del barrio muy desagradable, podía estar tranquila pues "estos indigentes no se meten con
nadie, es más, son supremamente respetuosos de los habitantes del barrio", es
decir, hay unos límites tácitos, nunca concertados, que definen la relación
ocasional entre los civiles de la zona. Por supuesto, la existencia de este
puente, que cobija esta situación, es la redención de la población senil pues
su piadosa cristiandad les permite compartir con ellos algunas frases divinas,
darles un bocado de vez en cuando y regalarles algún abrigo. Aún cuando llevo
un año completo viviendo en este apartamento y ya es parte de mi vida cotidiana
contemplarlos a ellos, a la basura que se arruma diariamente y la extensa
familia de ratas, a veces es chocante verlos
dormir en el piso sucio, acompañados por roedores, o comiendo de una olla que
es también patrimonio común, pues el concreto hace una especie de cajón entre
la estructura del puente y la pared que lo sostiene, donde mantienen algunas
frazadas, utensilios y cartones que comparten sin ningún problema.
Puedo decir que el
choque que provoca en mi esta escena urbana tiene su raíz en una educación
rigurosamente higienista que he recibido por parte de toda mi familia, materna
y paterna, donde la premisa ha sido siempre: “Pobreza con mugre es miseria”.
Las mujeres de mi familia están obsesionadas con el orden y la limpieza, podría
decir que en el caso de muchas, tener una propiedad representa una consagración
a la escoba, porque no es posible que el espacio que uno habite se comparta con
el desorden y la mugre. Cuando vine a vivir sola mi padre fue muy enfático, una
de las condiciones era conservar el apartamento en orden y limpio, premisa
obligatoria pues vivir en un primer piso con la miseria como vecino principal me obliga a celebrar un ritual de
limpieza que mantenga las cucarachas fuera de mi propiedad pues ya han tratado
de atacar en varias ocasiones.
Mientras yo limpio con
la responsabilidad de quien ya es una persona adulta, en capacidad de proveerse
un entorno sano; abro la persiana para dejar que circule el aire por mi pequeño
recinto. Al frente unos cuantos carros de reciclaje, todos ellos con la basura
perfectamente organizada, cajas de huevos en una pila, los cartones amarrados,
las botellas reunidas por una cuerda, algunos juguetes. A la sombra del puente
descansan, escogen sus tesoros, se ríen, hablan, duermen. Yo sigo limpiando mis
cosas, me sorprende la cantidad de polvo que entra por la ventana, un tizne
negro, a veces una pelusa densísima, que se acumula sobre todas las superficies
en corto tiempo, toso y me siento un poco enferma, me imagino un tapiz de
inmundicia en mis pulmones, vuelvo a mirar al frente, alguno de ellos enciende
un cigarrillo o un bazuco.
Con el paso del tiempo
he aprendido a reconocer algunos de los personajes que visitan la zona en busca
de refugio, comida o basura. Los mendigos
o indigentes son ancianos
algunos, hombres mayores, o podrían incluso ser jóvenes, pero sus rostros
barbados y recorridos, sus ojos perdidos y somnolientos los muestran como
viejos. Hago énfasis en el hecho de que sean “ellos”, los huéspedes regulares
solo son hombres, ninguna mujer pasa la noche allí en esas condiciones, solo
distingo una mujer entre los visitantes frecuentes y si ha de dormir, lo hace
sobre el puente. Existe otra figura femenina en este espacio, pero por su
característica matronal es motivo de respeto. Una señora que se dedica al
reciclaje y viene acompañada de un adolescente y otro señor a escoger su
material. Es delicioso ver la cantidad de cosas que reúnen, los colores y los
recuerdos que clasifican allí. Los recicladores pasan la noche del domingo y en
la mañana de los lunes salen a recorrer los barrios de Belén y Laureles.
Me pregunto muchas
veces de que hablarán en las noches, mientras se sientan en ronda, a fumar, a
cocinar. Pocas veces se han enfrentado entre ellos, y cuando pasa no deja de
ser un alegato, alguna de las partes se retira y todo vuelve a normalidad, es
en general un espacio armonioso, donde se protegen entre ellos si es preciso. Una
noche hubo una discusión muy fuerte entre dos jóvenes y uno de ellos le mostró
la lata al otro, la señora que los
acompañaba se asustó mucho y se puso a llorar, en ese momento se disolvió la
pelea y el muchacho se fue. No pasó nada. Hace poco un señor estaba muy
alicorado, sentado sobre la basura, diciendo algunos improperios. Su compañero
de tragos le decía que se calmara, el señor se agitaba más, caminaba entre los
carros, se acostaba en el pavimento, pasaron 6 horas y su amigo a la tercera ya
se había ido. El señor tomó su costal y se fue. Algunos de los indigentes conocidos no han vuelto, me
pregunto si murieron o encontraron una mejor “caleta”. Igual esta esquina
siempre estará habitada, sucia y desordenada.
Son tan particulares los
límites entre “ellos” y “nosotros”, que cuando se han visto diluidos por alguna
situación, ambas partes quedan estupefactas y un poco contrariadas. Un vecino
del edificio en el que vivo se mostró siempre muy amigable, cordial y comedido. Los criollos chismes de
propiedad horizontal clase media decían que el muchacho vivía con su madre, que
era rehabilitado y tenía un comportamiento irregular y conflictivo con su
progenitora. La señora llamaba a la policía cuando tenía problemas con su hijo.
Una noche de fiesta llegamos Felipe y yo al edificio, dos agentes salían y los
siguió el muchacho pálido. El grito algunos insultos a su mamá desde la calle,
cruzó la Avenida y se sentó con los mendigos, uno de ellos acostado sobre un
colchón lo invitó a que lo acompañara en el cómodo espacio. Los acompañaba otro
sentado en un sofá desechado y la escena parecía una tarde de té en casa de
amigos. Los durmientes le ofrecieron bazuco al muchacho que en su estado lo
recibió todo, fumó y fumó y tosió y tosió. Yo desde mi ventana no daba crédito
a lo que veía. Un habitante de este lado de la calle compartiendo a ese nivel
de intimidad ese espacio tan familiar y tan lejano al mismo tiempo. Yo he ido a
pintarlo, a rayarlo, mirarlo, pero su carga no me permite quedarme mucho rato. El
chico pasó la noche. Al otro día su rostro confundido volvió a la casa, a los
tres días la familia se mudó definitivamente.
| Foto: Felipe Martínez |
En diciembre de 2011 el
desbordamiento de la quebrada La Picacha arrastró una fuerte corriente de agua
hasta el rio Medellín, la zona de Belén se vio afectada por la inundación de
las canalizaciones que descargaron basura y pantano a su paso. Desde la ventana
veíamos con horror como se inundaban garajes
y sótanos, yo temía por mi apartamento. Las intensas lluvias de aquel
año arreciaron en época de navidad y en plenas celebraciones el barrio era un
pantanero terrible, los vecinos armados de baldes trataban de sacar todo el
sedimento de sus parqueaderos, el lodo nos cubrió varias semanas, en las que
nos confundíamos con cualquier otro habitante de la calle. Nuestra condición de
damnificados nos acercó de un pliegue a esos semejantes que viven cubiertos de
otro tipo de lodo. Los mendigos no soportaron el polvero de esos días ni el
paso de diario de la maquinaria pesada, encargada de reparar la inundación del
deprimido de la 33 y recoger la gruesa capa de pantano de las calles, se
ausentaron casi hasta enero.
Ha sido motivo de todo
tipo de observación e investigación, este lugar me confronta, me obliga a
retratarlo, a estudiarlo, a usarlo. Las preguntas sobre él, si no me da asco de
ese panorama, si no le tengo miedo a los
gamines, si no grito cuando veo las ratas, si no me fastidia la vida. Nunca
lo vi como un problema para mi vivienda, yo agradezco un techo que me permita
en mis días de estudiante resguardarme y trabajar en mis cosas. No me enfrenta
lo abyecto de la basura, lo inmundo de su apariencia y olores, me cuestiona la
condición humana, la productora de este desperdicio del que se avergüenza y la
misma que se beneficia de él cuando decide que es la calle su mejor resguardo.
Ni siquiera las ratas me atemorizan, creo que sienten ellas más miedo del búho blanco
que se posa sobre la palma del frente y que las acecha en las noches hasta que
logra cazar alguna. Yo desde mi jaulita los miro, me rio con ellos, los
escudriño con la cámara, los dibujo, me levanto a las 4 a.m. a estudiar y a ver
el desfile de carrozas de cada mañana, carritos de madera llenos de tesoros,
adornados, ansioso por recorrer calles y buscar cosas.

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